No todo queso azul es roquefort. Ni todo salame es de Tandil. Detrás de los nombres que protegen productos únicos hay algo más que una etiqueta: hay territorio, trabajo y una oportunidad para dinamizar economías locales. En Argentina, los certificados de denominación de origen siguen siendo una herramienta subutilizada, a pesar de su impacto comprobado en valor agregado, turismo y desarrollo regional. ¿Puede un simple sello ayudar a transformar la matriz productiva?
Not every blue cheese is Roquefort. Nor is every salami from Tandil. Behind the names that protect unique products lies something more than a label: there is territory, labor, and an opportunity to revitalize local economies. In Argentina, certificates of denomination of origin remain an underutilized tool, despite their proven impact on added value, tourism, and regional development. Can a simple seal help transform the productive matrix?
Instintivamente, cuando pensamos en un lugar, lo asociamos con sus productos típicos: un vino mendocino, un salame tandilense o un dulce cuyano. Esa conexión entre territorio y producto no es casual, y en muchos casos está protegida por una herramienta concreta: los Certificados de Denominación de Origen (CDO). Aunque poco conocidos por el gran público, estos sellos reconocen la unicidad de un producto por su origen, su proceso de elaboración y sus componentes.
Los CDO son definidos como garantes del vínculo estrecho entre el producto,los procesos de producción y el lugar de origen. En Argentina, la ley 25.966/2004 es la que regula el mecanismo para la obtención de estos certificados, siguiendo normativas de la OMC y del MERCOSUR. Esto demuestra la relevancia que estos certificados tienen internacionalmente, siendo claves para distintas regiones del mundo. Según la FAO, estos sellos pueden incrementar hasta en un 50% el valor de mercado de los productos certificados.
Aunque parezca un capricho, el hecho de que no se pueda rotular como queso “Roquefort” a cualquier queso azul tiene relación con los CDO. Esta historia se remonta a siglos atrás, cuando en Francia se comenzaron a utilizar estos mecanismos, debido a que los reyes otorgaban patentes para la producción de determinados productos. En 1920 es reconocido oficialmente el primer CDO, otorgado a la producción de queso “Roquefort” en la zona de Roquefort-sur-Zoulon. Solo seis son los productores habilitados para utilizar este etiquetado. Por ello, el resto de productores del mundo únicamente puede producir este tipo de queso bajo la denominación “Queso Azul” o “Queso Tipo Roquefort”.
En Argentina tenemos únicamente cuatro productos con denominación de origen: Salame de Tandil, el Chivito Criollo del Norte Neuquino, el Dulce de Membrillo Rubio de San Juan y los Espárragos de Médano de Oro. En el caso del Salame de Tandil, desde que se le otorgó el CDO, su valor de mercado se incrementó entre un 15% y 25% en comparación con salames sin certificado. Además de dotar de importancia a la Fiesta Nacional del Salame de Tandil, que según datos del gobierno municipal de Tandil, recibe más de 150.000 visitantes anualmente. Basado en el gasto turístico promedio y datos de cámaras empresariales locales se calcula un impacto económico que ronda los $1.200 millones anuales. Estos datos nos muestran lo clave que resultan los CDO para dinamizar economías locales y arraigar tradiciones.
Detrás de cada producto, están las historias de los verdaderos protagonistas: las comunidades que los producen y los territorios que los definen. Su trabajo y tradición se ven reflejados en las fiestas regionales que los celebran, espacios que nos invitan a conocer estos productos, su entorno y las economías locales que impulsan. Los CDO reconocen la singularidad de cada proceso productivo, de sus materias primas y de los territorios donde se elaboran. Promover su difusión significa fortalecer los productos autóctonos y, con ellos, el desarrollo argentino.
Instinctively, when we think of a place, we associate it with its typical products: a Mendoza wine, a Tandil salami, or a Cuyo quince jam. This connection between territory and product is not accidental, and in many cases, it is protected by a concrete tool: Certificates of Denomination of Origin (Certificados de Denominación de Origen – CDO). Although little known to the general public, these seals recognize the uniqueness of a product based on its origin, its preparation process, and its components.
CDOs are defined as guarantors of the close link among the product, production processes, and the place of origin. In Argentina, Law 25.966 regulates the mechanism for obtaining these certificates, following WTO and Mercosur regulations. This demonstrates the relevance that these certificates hold internationally, being key to different regions of the world. According to the FAO, these seals can increase the market value of certified products by up to 50%.
Although it may seem like a whim, the fact that any blue cheese cannot be labeled as "Roquefort" cheese is directly related to CDOs. This history dates back centuries when these mechanisms began to be used in France, due to kings granting patents for the production of specific goods. In 1920, the first CDO was officially recognized, granted to the production of "Roquefort" cheese in the area of Roquefort-sur-Soulzon. Only six producers are authorized to use this labeling. Therefore, all other producers in the world can only produce this type of cheese under the designation of "Blue Cheese" or "Roquefort-Type Cheese."
In Argentina, we have only four products with a denomination of origin: Salame de Tandil (Tandil Salami), Chivito Criollo del Norte Neuquino (Neuquén North Creole Kid Goat), Dulce de Membrillo Rubio de San Juan (San Juan Blond Quince Jam), and Espárragos de Médano de Oro (Médano de Oro Asparagus). In the case of Tandil Salami, since it was granted the CDO, its market value has increased between 15% and 25% compared to non-certified salamis. Furthermore, it adds vital significance to the National Tandil Salami Festival (Fiesta Nacional del Salame de Tandil), which, according to data from the Tandil municipal government, receives more than 150,000 visitors annually. Based on average tourist spending and data from local business chambers, an economic impact of around 1.2 billion pesos annually is estimated. These data show us how key CDOs are to revitalizing local economies and anchoring traditions.
Behind every product lie the stories of the true protagonists: the communities that produce them and the territories that define them. Their work and tradition are reflected in the regional festivals that celebrate them—spaces that invite us to get to know these products, their environment, and the local economies they drive. CDOs recognize the singularity of each production process, its raw materials, and the territories where they are crafted. Promoting their diffusion means strengthening indigenous products and, with them, Argentine development.