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Argentina y una democracia erosionada

Argentina y una democracia erosionada

A 50 años del último golpe militar, los argentinos celebramos la recuperación democrática. Sin embargo, ¿realmente vivimos en un sistema democrático? ¿Hasta qué punto este refleja la voluntad popular? Más allá de la vigencia del voto, en cada año electoral persisten mecanismos que distorsionan la representación y debilitan la competencia electoral. Sistemas como la Ley de Lemas o el Sistema de Acoples, presentes en diferentes provincias, afectan la calidad del sistema. Estas reglas no son neutrales: inciden en la calidad de la representación política.

Fifty years after the last military coup, Argentines celebrate the recovery of democracy. However, do we really live in a democratic system? To what extent does it reflect the popular will? Beyond the persistence of the vote, mechanisms that distort representation and weaken electoral competition endure in every election year. Systems such as the Ley de Lemas (Double Simultaneous Vote) or the Sistema de Acoples (Coupling System), present in different provinces, affect the quality of the system. These rules are not neutral: they impact the quality of political representation.

Durante décadas, la democracia se asoció casi exclusivamente al acto de votar. Elecciones periódicas, alternancia electoral, separación de poderes y vigencia institucional fueron considerados indicadores suficientes para verificar su existencia. Sin embargo, una democracia no se agota en formalidades, sino que también implica reglas de competencia política claras, representación efectiva y una ciudadanía que perciba que su voto se traduce directamente en lo que eligió en el cuarto oscuro en un día electoral. Cuando esos elementos se debilitan, la democracia no desaparece de manera directa, pero empieza a erosionarse.

Hablar de una democracia erosionada implica señalar los límites que la misma tiene. Es una democracia que funciona de manera superficial, pero que presenta algunas distorsiones en su práctica, principalmente durante los años electorales. Esta democracia no se rompe de un día para el otro, sino que se desgasta progresivamente: cuando las reglas favorecen a ciertos actores, la competencia deja de ser equitativa y la representación pierde legitimidad.

En Argentina, estas tensiones también se explican por ciertas reglas electorales provinciales. Dos de las más discutidas son la Ley de Lemasy el Sistema de Acoples. En la Ley de Lemas, un mismo partido puede presentar varios candidatos que compitan entre sí. Cada uno suma votos por separado, pero todos estos votos se agregan al total del partido. Si otro candidato de un partido distinto obtiene un porcentaje apenas menor, aunque haya sido el más votado individualmente, puede perder frente a quien, dentro del partido ganador, haya sacado menos votos.

El Sistema de Acoples funciona distinto, pero genera un efecto similar. En este caso, un candidato principal (por ejemplo, a gobernador) puede estar acompañado por decenas o incluso cientos de listas distintas para cargos menores. Esto hace que ese mismo candidato aparezca repetido en muchas boletas diferentes dentro del cuarto oscuro. Así, aunque los votantes elijan listas distintas, todos esos votos terminan sumando para la misma candidatura principal, ampliando sus posibilidades de ganar.

El problema no es únicamente técnico. Estas reglas afectan la forma en que se traduce la voluntad popular en representación política. Si el candidato más votado no gana, el vínculo entre el voto y el resultado se vuelve difuso. A largo plazo, esto impacta en la confianza en el sistema. La percepción de que “nada cambia” o de que “las reglas ya están dadas” no surge espontáneamente: se construye sobre experiencias concretas donde la competencia aparece distorsionada.

Más allá de cómo funcionan, estos sistemas tienen efectos concretos. Por un lado, multiplican la cantidad de listas y boletas, lo que vuelve las elecciones más caras y difíciles de organizar. Por otro, complican la experiencia del votante, que se enfrenta a una oferta fragmentada y poco clara. Además, esta lógica favorece la construcción de estructuras políticas basadas en recursos y acuerdos, más que en la competencia entre propuestas. En ese contexto, prácticas como el acarreo o el intercambio de favores encuentran más espacio para desarrollarse. El resultado es una competencia menos transparente, donde no siempre gana quien más apoyo directo tiene, sino quien mejor se adapta a estas reglas.

Cuando la política deja de ser percibida como un espacio de transformación, la democracia pierde uno de sus componentes centrales: la expectativa de cambio.Esto no implica relativizar la importancia de vivir en democracia ni mucho menos poner en cuestión el consenso construido desde 1983. Pero sí obliga a complejizar la discusión. Celebrar la democracia no puede reducirse a conmemorar su recuperación, sino que también debe incluir una evaluación y mirada crítica de su funcionamiento actual.

En este sentido, el desafío no pasa por reemplazar el sistema democrático, sino por fortalecerlo. Revisar las reglas electorales que distorsionan la competencia, mejorar la transparencia de los procesos y reconstruir el vínculo entre ciudadanía y política son pasos necesarios para evitar que la erosión avance. La democracia no se sostiene solo por inercia: requiere actualización, control y compromiso.

A 50 años del último golpe militar, el “Nunca Más” no debería limitarse a las interrupciones del orden institucional. También puede leerse como un llamado a no naturalizar las distorsiones que, de manera más silenciosa, debilitan la calidad democrática. Porque una democracia no solo se pierde cuando se quiebra, sino también cuando deja de representar.

For decades, democracy was associated almost exclusively with the act of voting. Periodic elections, electoral alternation, the separation of powers, and institutional validity were considered sufficient indicators to verify its existence. However, a democracy is not exhausted by formalities; it also implies clear rules for political competition, effective representation, and a citizenship that perceives that its vote translates directly into what was chosen in the voting booth on an election day. When those elements weaken, democracy does not disappear directly, but it begins to erode.

To speak of an eroded democracy implies pointing out its limits. It is a democracy that functions superficially but presents certain distortions in its practice, mainly during election years. This democracy does not break overnight; rather, it wears down progressively: when the rules favor certain actors, competition ceases to be equitable and representation loses legitimacy.

In Argentina, these tensions are also explained by certain provincial electoral rules. Two of the most debated are the Ley de Lemas and the Sistema de Acoples. Under the Ley de Lemas, a single party can present several candidates who compete against each other. Each accumulates votes separately, but all of these votes are added to the party's total. If another candidate from a different party obtains a slightly lower percentage, even if they were individually the most voted candidate, they can lose to whoever gathered fewer votes within the winning party.

The Sistema de Acoples works differently but generates a similar effect. In this case, a main candidate (for instance, for governor) can be accompanied by dozens or even hundreds of different lists for lower offices. This causes the same candidate to appear repeatedly on many different ballots inside the voting booth. Thus, even if voters choose different lists, all those votes end up adding to the same main candidacy, expanding their chances of winning.

The problem is not solely technical. These rules affect how the popular will is translated into political representation. If the most voted candidate does not win, the link between the vote and the result becomes blurred. In the long term, this impacts trust in the system. The perception that "nothing changes" or that "the rules are already set" does not arise spontaneously: it is built on concrete experiences where competition appears distorted.

Beyond how they function, these systems have concrete effects. On one hand, they multiply the number of lists and ballots, making elections more expensive and difficult to organize. On the other, they complicate the voter's experience, as they face a fragmented and unclear offer. Furthermore, this logic favors the construction of political structures based on resources and agreements rather than on the competition between proposals. In this context, practices such as clientelism or the exchange of favors find more room to develop. The result is a less transparent competition, where the winner is not always the one with the most direct support, but the one who best adapts to these rules.

When politics ceases to be perceived as a space for transformation, democracy loses one of its central components: the expectation of change. This does not imply relativizing the importance of living in democracy, let alone questioning the consensus built since 1983. But it does force us to complicate the discussion. Celebrating democracy cannot be reduced to commemorating its recovery; it must also include a critical evaluation and look at its current functioning.

In this sense, the challenge is not to replace the democratic system, but to strengthen it. Reviewing the electoral rules that distort competition, improving the transparency of processes, and rebuilding the bond between citizenship and politics are necessary steps to prevent the erosion from advancing. Democracy does not sustain itself by inertia alone: it requires updating, control, and commitment.

Fifty years after the last military coup, "Nunca Más" (Never Again) should not be limited to interruptions of the institutional order. It can also be read as a call to not naturalize the distortions that, more silently, weaken democratic quality. Because a democracy is not only lost when it breaks, but also when it ceases to represent.

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