Centro de Estudios Interdisciplinarios para el Desarrollo Center for Interdisciplinary Development Studies
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CEIPeD Estudios para el desarrollo Studies for development
Ambiente y Desarrollo SostenibleEnvironmental Issues and Sustainable Development

¿Cómo financiamos una América Latina sostenible?

How could we finance a sustainable Latin America?

PublicadoPublished 16 sep 2026 · 4 min

América Latina es una de las regiones particularmente vulnerables a los efectos del cambio climático. No obstante, persiste aún una disparidad entre el financiamiento disponible y el necesario para un correcto desarrollo de estrategias de adaptación y mitigación. La capacidad de lograr dicha transición se ve condicionada por limitantes estructurales que dificultan el acceso al capital necesario. Esta doble dificultad nos invita a cuestionar qué implica para América Latina enfrentar el cambio climático desde su posición como países en vías de desarrollo y qué rol juegan factores como la deuda externa en este escenario.

Latin America is one of the regions particularly vulnerable to the effects of climate change. However, a disparity still persists between available funding and what is necessary for the proper development of adaptation and mitigation strategies. The ability to achieve this transition is conditioned by structural constraints that hamper access to the required capital. This double difficulty invites us to question what it implies for Latin America to face climate change from its position as developing countries and what role factors such as external debt play in this scenario.

América Latina cuenta con una gran variedad de climas y recursos naturales, lo que le otorga un enorme potencial económico. No obstante, su desarrollo enfrenta riesgos climáticos como inundaciones, pérdida de biodiversidad, incremento de temperaturas, sequías y el retroceso de los glaciares andinos.

En este sentido, actividades como la agricultura y la minería, componentes fundamentales del sistema productivo regional, se relacionan con la cuestión medioambiental en dos direcciones: son industrias sensibles a los cambios climáticos y, a la vez, responsables de cuotas significativas de emisiones de gases de efecto invernadero. Dado este escenario, es necesario reflexionar sobre cómo compatibilizar su desarrollo con la protección del medio ambiente.

Para reducir los efectos del cambio climático, los Estados han adoptado dos vías principales. En primer lugar, los planes de mitigación ambiental, orientados a la adopción de energías limpias y renovables con el objetivo de reducir las emisiones de carbono. Un caso ejemplar es el de Brasil, que junto al Banco Interamericano de Desarrollo (BID) impulsa el proyecto Descarbonización de la Amazonia Brasileña. A través de este programa se destinan 1,6 millones de dólares (dentro de un préstamo de más de 300 millones de dólares para iniciativas de descarbonización) para cumplir metas como conciliar la sostenibilidad fiscal con la descarbonización de la economía y promover una agricultura más amigable con el medio ambiente.

Por su parte, las estrategias de adaptación están enfocadas en reducir la vulnerabilidad frente a los efectos inevitables del cambio climático. Tal es el caso de Colombia, que ha buscado fortalecer la resiliencia de la cuenca Chingaza-Sumapaz-Guerrero ante eventuales desastres climáticos. Otro ejemplo es el Centro Nacional de Monitoreo y Alertas de Desastres Naturales en Brasil, orientado a prever amenazas ambientales y mitigar sus riesgos.

Independientemente de la vía escogida, avanzar en cualquiera de ellas requiere financiamiento, un recurso habitualmente escaso en la región. En medio de una nueva fase de desaceleración económica y de incertidumbre en el contexto internacional, América Latina carece de condiciones favorables para implementar las políticas necesarias. Según estimaciones del FMI y de la CEPAL, las necesidades de financiamiento destinadas a infraestructura y gasto social rondarían entre el 1,9 % y el 4,9 % del Producto Bruto Interno regional. Esta cifra supera las capacidades de múltiples Estados, en concordancia con el principio de Responsabilidades Comunes pero Diferenciadas. La problemática se profundiza en el caso de las inversiones verdes, que demandan un capital inicial más elevado y se caracterizan por períodos de recuperación más extensos.

En este sentido, el financiamiento internacional constituye un elemento central para la adaptación y mitigación frente al cambio climático en América Latina. Parte de estos recursos proviene de bancos multilaterales y de fondos como el Fondo Verde del Clima o el BID. No obstante, no se asignan de manera equitativa: Brasil y México son las economías con mayor captación de recursos, al concentrar un 34 % del financiamiento climático regional. Además, la mayor parte de los fondos se destina a programas de mitigación en lugar de planes de adaptación, a pesar del valor crucial de estos últimos para atenuar los impactos climáticos.

La deuda como gran limitante estructural

En este contexto de acotadas oportunidades de financiamiento y economías vulnerables, se suma una de las principales preocupaciones para los gobiernos latinoamericanos: la deuda externa. Históricamente, América Latina y el Caribe han soportado una elevada carga de endeudamiento externo, con un pico máximo global en 2020. Como consecuencia, el margen de acción de los gobiernos resulta considerablemente acotado.

La escasez de reservas se agrava ante el hecho de que cerca del 70 % de las fuentes de financiamiento climático público adoptan la forma de deuda. Consecuentemente, muchos países en desarrollo enfrentan un dilema: asumir un mayor endeudamiento o postergar la transición hacia políticas más sustentables para atender sus restricciones fiscales. En un contexto signado por tasas de interés elevadas y estrechos márgenes fiscales, esta elección entraña una gran complejidad. Así, el sobreendeudamiento se posiciona como un obstáculo determinante para invertir en sectores productivos estratégicos y concretar la transición climática.

Conclusión

El cambio climático constituye uno de los mayores desafíos para la comunidad internacional, con un severo impacto en comunidades y Estados de todo el mundo. No obstante, ante la magnitud de sus efectos destaca una arista particular: la disparidad de capacidades entre las naciones para afrontarlo. En el caso de América Latina, esta complejidad se acentúa por las rigurosas condiciones exigidas para acceder a los fondos necesarios.

En este sentido, se evidencia que la deuda pública actúe como un condicionante estructural para el financiamiento climático en la región. En definitiva, no solo resulta clave el volumen de capital invertido, sino también los términos bajo los cuales se otorga. Recibir la mayor parte de los fondos mediante instrumentos no concesionales limita el margen de maniobra gubernamental para proyectar e implementar iniciativas ambientales. De esta forma, la contraposición de dichos créditos termina por acentuar la vulnerabilidad en lugar de mitigarla.

Asimismo, el escenario internacional actual se encuentra marcado por el desfinanciamiento de organismos multilaterales, un cuestionamiento profundo hacia las normas internacionales y una creciente corriente anticientífica. Frente a este panorama, el cambio climático exige ser abordado desde una cooperación internacional de calidad, recordando que, ante una problemática sin fronteras ni espacio para el individualismo, las soluciones deben ser compartidas de forma coordinada.

Latin America boasts a wide variety of climates and natural resources, granting it immense economic potential. However, its development faces climate risks such as flooding, loss of biodiversity, rising temperatures, droughts, and the retreat of Andean glaciers.

In this regard, activities like agriculture and mining, fundamental components of the regional productive system, interact with environmental issues in two ways: they are industries sensitive to climate changes and, at the same time, responsible for significant shares of greenhouse gas emissions. Given this scenario, it is necessary to reflect on how to reconcile their development with environmental protection.

To reduce the effects of climate change, states have adopted two main avenues. First, environmental mitigation plans, aimed at the adoption of clean and renewable energy with the goal of reducing carbon emissions. An exemplary case is Brazil, which together with the Inter-American Development Bank (IDB) is driving the project Decarbonization of the Brazilian Amazon. Through this program, $1.6 million (within a loan of over $300 million for decarbonization initiatives) is allocated to meet goals such as reconciling fiscal sustainability with economic decarbonization and promoting more environmentally friendly agriculture.

For their part, adaptation strategies are focused on reducing vulnerability to the inevitable effects of climate change. Such is the case of Colombia, which has sought to strengthen the resilience of the Chingaza-Sumapaz-Guerrero basin against eventual climate disasters. Another example is the National Center for Monitoring and Early Warning of Natural Disasters in Brazil, oriented toward anticipating environmental threats and mitigating their risks.

Regardless of the chosen path, advancing along either requires funding, a resource typically scarce in the region. Amid a new phase of economic slowdown and uncertainty in the international context, Latin America lacks favorable conditions to implement necessary policies. According to estimates by the IMF and ECLAC, financing needs for infrastructure and social spending range between 1.9% and 4.9% of regional Gross Domestic Product. This figure exceeds the capacity of multiple states, in line with the principle of Common But Differentiated Responsibilities. The issue deepens in the case of green investments, which demand higher upfront capital and are characterized by longer payback periods.

In this sense, international financing constitutes a pivotal element for climate change adaptation and mitigation in Latin America. Part of these resources comes from multilateral banks and funds such as the Green Climate Fund or the IDB. However, they are not allocated equitably: Brazil and Mexico are the economies with the highest resource capture, concentrating 34% of regional climate finance. Furthermore, the majority of funds are allocated to mitigation programs rather than adaptation plans, despite the crucial value of the latter in attenuating climate impacts.

Debt as a major structural constraint

In this context of limited financing opportunities and vulnerable economies, one of the primary concerns for Latin American governments adds up: external debt. Historically, Latin America and the Caribbean have borne a heavy burden of external debt, with a global peak in 2020. As a result, governments' margin for action remains considerably constrained.

The scarcity of reserves is compounded by the fact that nearly 70% of public climate financing sources take the form of debt. Consequently, many developing countries face a dilemma: assume higher debt or postpone the transition to more sustainable policies to address their fiscal constraints. In a context marked by high interest rates and tight fiscal margins, this choice entails great complexity. Thus, over-indebtedness positions itself as a decisive obstacle to investing in strategic productive sectors and achieving the climate transition.

Conclusion

Climate change constitutes one of the greatest challenges for the international community, with a severe impact on communities and states worldwide. However, given the magnitude of its effects, a particular dimension stands out: the disparity in capacities among nations to address it. In the case of Latin America, this complexity is heightened by the rigorous conditions required to access necessary funds.

In this regard, it is evident that public debt acts as a structural constraint for climate finance in the region. Ultimately, what matters is not only the volume of capital invested, but also the terms under which it is granted. Receiving the majority of funds through non-concessional instruments limits government leeway to plan and implement environmental initiatives. Thus, the burden of such credits ends up accentuating vulnerability rather than mitigating it.

Likewise, the current international climate is marked by the underfunding of multilateral organizations, deep questioning of international norms, and a growing anti-scientific trend. Faced with this landscape, climate change demands to be addressed through high-quality international cooperation, remembering that, before a problem without borders or room for individualism, solutions must be shared in a coordinated manner.

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