¿De qué sirve mi voto?
What Good Is My Vote?
Argentina registra la participación electoral más baja del Cono Sur. A pesar del voto obligatorio, millones de personas eligen no ir a las urnas. Ya no se trata solo de apatía, sino de una pregunta más profunda: ¿sirve de algo votar? En tiempos donde el descontento no se canaliza con boletas en blanco, sino con ausencias masivas, la representación política enfrenta su mayor desafío: reconstruir el vínculo entre ciudadanía y poder.
Argentina registra la participación electoral más baja del Cono Sur. A pesar del voto obligatorio, millones de personas eligen no ir a las urnas. Ya no se trata solo de apatía, sino de una pregunta más profunda: ¿sirve de algo votar? En tiempos donde el descontento no se canaliza con boletas en blanco, sino con ausencias masivas, la representación política enfrenta su mayor desafío: reconstruir el vínculo entre ciudadanía y poder.
Las últimas elecciones nacionales argentinas mostraron un claro descenso en la participación electoral, fenómeno particular en una región donde se mantienen las tasas de participación. Esto nos conduce a una pregunta obvia: ¿Por qué la ciudadanía argentina está votando menos? ¿Qué razonamiento hay detrás de elegir no ir a las urnas? Quizás la ciudadanía quiere elegir, pero estima que no puede.
Este razonamiento podría obedecer, en primer lugar, a una lógica estadística. En la Argentina hay más de 36 millones de personas habilitadas para votar. Es decir que el voto de una persona representa el 0,0000027% del padrón. Esto significa que para que una persona logre acceder a un cargo legislativo nacional, necesita al menos un millón de voluntades para alcanzar el umbral electoral. Un millón de votos representa a la población total combinada de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, Santa Cruz y Chubut, o a la mitad de la población del Partido de la Matanza, Provincia de Buenos Aires. Es difícil reunir a un millón de personas, y en esa inmensidad se entiende la reflexión detrás del peso de un voto.
La Ciencia Política desde hace décadas se pregunta qué explicaciones hay detrás de la decisión ciudadana de cómo votar y la manera en la que el sistema electoral influye en esa decisión. Una respuesta pertinente es la que da Maurice Duverger. El politólogo francés analiza el “voto útil” en los sistemas mayoritarios como la decisión de votar a uno de los dos partidos grandes, para no desperdiciar el voto en un partido minoritario que no tiene chances reales de ganar. Este factor lleva a que la ciudadanía, en vez de elegir al tercer partido, decida entre “lo menos malo” y decida su voto entre los dos grandes partidos mayoritarios. Duverger explica que de esta manera los votos también logran concentrarse entre los dos grandes partidos y las fugas hacia partidos de menor carácter son prescindibles. ¿Pero qué pasa cuando la ciudadanía no encuentra que haya un “menos malo”? ¿Qué puede hacer una habitante de la República Argentina cuando no se siente representada por la oferta electoral? Una respuesta hipotética puede ser no ir a votar.
Esta no es la primera vez en la historia reciente de nuestro país que hay descontento con la clase política, pero sí es la primera vez que el descontento es canalizado de esta manera. En las elecciones legislativas argentinas del año 2001, el descontento se canalizó mediante el voto en blanco y el voto nulo: un sobre vacío en la urna o una boleta rota. De un padrón electoral nacional de casi 25 millones, cinco millones de personas demostraron su descontento de esta manera. Casi veinticinco años después, de un padrón electoral nacional de casi 36 millones, diez millones de personas demostraron su descontento no votando. Parece ser no un problema de la ciudadanía sino de la oferta electoral.
Sin embargo, la gente sigue votando. No es racional votar, porque no solo implica el costo de tiempo de ir un domingo a una escuela a elegir una boleta, sino también el costo de pensar y buscar información acerca de quién votar. Es todo pérdida: pero seguimos votando, porque es la mejor manera que tenemos de elegir a nuestros y nuestras representantes.
Ir a votar es una acción por un bien colectivo. Quizás, en el contexto actual, donde buscamos que todo sea productivo, podemos como comunidad mantener lo único que no tiene sentido individualmente, sino colectivo: el de reunirnos como ciudadanía para elegir de manera representativa, democrática y liberal a quienes nos representan, demostrando el descontento en las urnas o como candidatos y candidatas.
The latest Argentine national elections showed a clear decline in electoral turnout, a particular phenomenon in a region where participation rates generally hold steady. This leads us to an obvious question: Why is the Argentine electorate voting less? What reasoning lies behind choosing not to go to the polls? Perhaps the citizens want to choose, but estimate that they cannot.
This reasoning could be due, in the first place, to statistical logic. In Argentina, there are more than 36 million people eligible to vote. This means that a single person's vote represents 0.0000027% of the electoral roll. Consequently, for someone to successfully access a national legislative seat, they need at least one million wills to reach the electoral threshold. One million votes represents the total combined population of Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, Santa Cruz, and Chubut, or half the population of the La Matanza District in the Province of Buenos Aires. It is difficult to gather a million people, and within that immensity, the reflection behind the true weight of a single vote becomes understandable.
For decades, Political Science has questioned what explanations lie behind the citizen's decision on how to vote and the way in which the electoral system influences that decision. A relevant answer is the one provided by Maurice Duverger. The French political scientist analyzes "strategic voting" (voto útil) in majoritarian systems as the decision to vote for one of the two major parties to avoid wasting the vote on a minority party that has no real chance of winning. This factor leads citizens, instead of choosing a third party, to decide between the "lesser of two evils" and cast their vote for one of the two main majority parties. Duverger explains that, in this manner, votes manage to concentrate between the two major parties and leakages toward smaller parties become negligible. But what happens when citizens do not find a "lesser evil"? What can an inhabitant of the Argentine Republic do when they do not feel represented by the electoral options? A hypothetical answer can be not going to vote at all.
This is not the first time in our country's recent history that there has been discontent with the political class, but it is the first time that discontent is being channeled in this specific way. In the 2001 Argentine legislative elections, discontent was channeled through blank and spoiled votes: an empty envelope in the ballot box or a torn ballot. Out of a national electoral roll of nearly 25 million, five million people demonstrated their discontent that way. Almost twenty-five years later, out of a national electoral roll of nearly 36 million, ten million people demonstrated their discontent by not voting. It seems to be a problem not of the citizenry, but of the political offerings.
Nevertheless, people keep voting. It is not entirely rational to vote, because it implies not only the time cost of going to a school on a Sunday to choose a ballot, but also the cost of thinking and searching for information about who to vote for. It is all a loss on paper; yet we keep voting, because it is the best mechanism we have to choose our representatives.
Going to vote is an action for a collective good. Perhaps, in the current context, where we seek to make everything productive, we can as a community maintain the only thing that makes no sense individually, but makes complete sense collectively: gathering as a citizenry to choose our representatives in a representative, democratic, and liberal manner, demonstrating discontent at the ballot box or by stepping up as candidates ourselves.