Deterrence: ¿el fin de la pausa atómica?
Deterrence: The End of the Atomic Pause?
La doctrina de disuasión nuclear, pieza central de la paz global durante casi ocho décadas, enfrenta hoy serios desafíos. Con la proliferación de actores no estatales, el uso de drones y la ambigüedad estratégica de ciertos Estados, la Destrucción Mutua Asegurada ya no garantiza estabilidad. Estamos observando cómo el deterrence se erosiona en un mundo donde las nuevas amenazas no responden a las lógicas del pasado.
The doctrine of nuclear deterrence, a centerpiece of global peace for nearly eight decades, faces serious challenges today. With the proliferation of non-state actors, the use of drones, and the strategic ambiguity of certain States, Mutually Assured Destruction no longer guarantees stability. We are observing how deterrence erodes in a world where new threats do not respond to the logics of the past.
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, se dio paso a una tregua de facto que evitó que las potencias nucleares se enfrentaran directamente. Este armisticio, basado en la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada (DMA), evitó conflictos bélicos nucleares durante los últimos 80 años.
Durante la Guerra Fría, el deterrence funcionó como una estrategia clave de defensa que mantuvo una “paz helada”. Sin embargo, ver en la actualidad a potencias no nucleares, como Irán, atacando a potencias nucleares, como Israel, de formas tan agresivas resulta alarmante. Esto nos lleva a cuestionar si el deterrence sigue siendo una estrategia efectiva en los conflictos modernos.
¿Qué es el deterrence y cómo funcionó durante décadas?
El deterrence (disuasión) se basa en una idea sencilla: tener armas nucleares sin la finalidad de ser empleadas, sino para evitar ser atacado. De esta forma, el costo de atacar (a un poseedor de armamento nuclear) se vuelve tan alto que logra disuadir al enemigo. A su vez, esto se relaciona estrechamente con la doctrina DMA: cuando un país es consciente de que un ataque nuclear puede llevar a la aniquilación de sí mismo, cualquier incentivo bélico de estas características desaparece.
La Guerra Fría puso al mundo al borde de una guerra nuclear. Eventos como la "Crisis de los Misiles" o el "Bloqueo de Berlín" acercaron la idea de que las potencias mundiales defenderán sus fronteras e ideales incluso a costa de un nuevo estallido bélico nuclear. No obstante, esa posibilidad nunca llegó a concretarse. La Guerra Fría terminó marcada más por golpes de Estado y guerras de poder (proxy wars) que por un estallido nuclear.
En la década de los 70, el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) puso la paz nuclear en la agenda internacional. El mismo admitía que 5 países tengan armas nucleares (Estados Unidos, la Unión Soviética, China, Francia y Reino Unido) porque ya las poseían antes de la firma del tratado en 1968. Este instrumento, sentó las bases del deterrence, ya que reconoció legalmente a ciertos actores como potencias nucleares, dándoles un marco legal para mantener (en teoría temporalmente) sus arsenales.
Una doctrina que envejece: las limitaciones del deterrence en el siglo XXI
Si bien tanto el TNP como el deterrence parten del hecho de que las armas nucleares existen y son peligrosas, uno lo aborda desde la restricción y otro desde la disuasión. El TNP fue un importante primer paso para intentar frenar la propagación del armamento nuclear, pero falló en prever el mundo multipolar actual, distinto a la bipolaridad URSS vs. EE.UU. de la Guerra Fría. Además, admitió una desigualdad estructural al establecer potencias nucleares, lo que generó desconfianza en otros Estados. Como resultado, varios países lo abandonaron y desarrollaron armas nucleares de todas formas, como ocurrió con Corea del Norte en 2003.
El TNP contribuyó a la pérdida de legitimidad que afecta indirectamente al deterrence, al no ser capaz de frenar la erosión del sistema nuclear actual ni de cumplir con el desarme propuesto. Sin embargo, no constituye la causa principal de la debilitación de esta estrategia en la actualidad. La moderna ineficacia del deterrence radica en diferentes factores.
En primer lugar, las nuevas tecnologías ponen en jaque los métodos convencionales, o la forma en la que el imaginario colectivo boceta el concepto de “arma nuclear”. El crecimiento en el uso de drones militares (o comerciales modificados) en conflictos bélicos los transforma en protagonistas no solo del espionaje, sino de ataques “quirúrgicos” que no justifican una respuesta nuclear de gran escala para los Estados.
Por otro lado, la participación de actores no estatales y regímenes impredecibles sin miedo a represalias tradicionales no se comportan según la lógica del DMA. Irán, por ejemplo, aunque no ha desarrollado armamento nuclear de forma oficial, levanta sospechas por su reciente avance en el enriquecimiento de uranio. Esto es peligroso porque su relación con grupos armados como Hezbolá junto a su retórica anti-Israel los transforma en un actor que podría usar sus capacidades nucleares sin temor a represalias tradicionales si percibe el conflicto como religioso.
Muchos otros factores contribuyen al deterioro del deterrence: Estados cuyos ataques caen en zonas grises, debilitamiento de tratados de control de armas y tácticas como el “escalate to de-escalate” llevan a que hoy en día las estrategias de defensa cambien. Sin embargo, más allá de seguir analizando las variables que aportan a este cambio, el verdadero dilema es otro.
La pregunta, entonces, no es solo si el deterrence sigue siendo viable, sino quién se atreverá a replantearlo. ¿Serán los líderes actuales capaces de adaptarse a un escenario tan volátil, o quedaremos atrapados en la inercia de una doctrina que ya no responde a las amenazas del presente?
Following the end of World War II, a de facto truce was established, preventing nuclear powers from directly confronting one another. This armistice, based on the doctrine of Mutually Assured Destruction (MAD), has prevented nuclear conflicts for the past 80 years.
During the Cold War, deterrence functioned as a key defense strategy that maintained a “frozen peace.” However, seeing non-nuclear powers today, such as Iran, attack nuclear powers, such as Israel, in such aggressive ways is alarming. This leads us to question whether deterrence remains an effective strategy in modern conflicts.
What Is Deterrence and How Did It Function for Decades?
Deterrence is based on a simple idea: possessing nuclear weapons not with the purpose of using them, but to prevent being attacked. In this way, the cost of attacking (a nuclear-armed state) becomes so high that it manages to deter the enemy. In turn, this is closely related to the MAD doctrine: when a country is aware that a nuclear strike can lead to its own annihilation, any incentive for a conflict of these characteristics disappears.
The Cold War brought the world to the brink of nuclear war. Events like the "Cuban Missile Crisis" or the "Berlin Blockade" brought close the idea that world powers would defend their borders and ideals even at the cost of a new nuclear outbreak. Nonetheless, that possibility never materialized. The Cold War ended up marked more by coups d'état and proxy wars than by a nuclear outbreak.
In the 1970s, the Treaty on the Non-Proliferation of Nuclear Weapons (NPT) placed nuclear peace on the international agenda. It allowed five countries to have nuclear weapons (the United States, the Soviet Union, China, France, and the United Kingdom) because they already possessed them prior to the signing of the treaty in 1968. This instrument laid the foundations of deterrence, as it legally recognized certain actors as nuclear powers, providing them with a legal framework to maintain (theoretically temporarily) their arsenals.
An Aging Doctrine: The Limitations of Deterrence in the 21st Century
While both the NPT and deterrence start from the premise that nuclear weapons exist and are dangerous, one addresses it through restriction and the other through discouragement. The NPT was an important first step in attempting to halt the spread of nuclear weaponry, but it failed to foresee today's multipolar world, which is quite different from the US-USSR bipolarity of the Cold War. Furthermore, it admitted an structural inequality by establishing nuclear powers, which generated mistrust among other States. As a result, several countries abandoned it and developed nuclear weapons anyway, as occurred with North Korea in 2003.
The NPT contributed to the loss of legitimacy that indirectly affects deterrence, as it has been unable to halt the erosion of the current nuclear system or to achieve the proposed disarmament. However, it does not constitute the primary cause of the weakening of this strategy today. The modern ineffectiveness of deterrence lies in different factors.
In the first place, new technologies challenge conventional methods, or the way the collective imagination outlines the concept of a “nuclear weapon.” The growing use of military drones (or modified commercial ones) in armed conflicts transforms them into protagonists not only of espionage, but of “surgical” strikes that do not justify a large-scale nuclear response for States.
On the other hand, the participation of non-state actors and unpredictable regimes without fear of traditional reprisals does not behave according to the logic of MAD. Iran, for example, although it has not officially developed nuclear weapons, raises suspicions due to its recent progress in uranium enrichment. This is dangerous because its relationship with armed groups such as Hezbollah, alongside its anti-Israel rhetoric, transforms it into an actor that could use its nuclear capabilities without fear of traditional reprisals if it perceives the conflict as religious.
Many other factors contribute to the deterioration of deterrence: States whose attacks fall into gray zones, the weakening of arms control treaties, and tactics such as “escalate to de-escalate” lead defense strategies to change nowadays. However, beyond continuing to analyze the variables contributing to this change, the true dilemma is different.
The question, then, is not only whether deterrence remains viable, but who will dare to rethink it. Will current leaders be capable of adapting to such a volatile scenario, or will we remain trapped in the inertia of a doctrine that no longer responds to the threats of the present?