El rearme japonés en un contexto convulso
Japanese Rearmament in a Turbulent Context
El reciente despliegue de misiles de largo alcance por parte de Japón se inscribe en un proceso de fortalecimiento de sus capacidades de defensa impulsado en los últimos años, en tensión con las limitaciones impuestas por su doctrina pacifista de posguerra. ¿Cuáles son las fuerzas que impulsan este accionar? ¿Qué repercusiones genera en la región del Asia-Pacífico?
The recent deployment of long-range missiles by Japan is part of a process of strengthening its defense capabilities driven in recent years, in tension with the limitations imposed by its post-war pacifist doctrine. What are the forces driving this action? What repercussions does it generate in the Asia-Pacific region?
El pasado 31 de marzo, Japón desplegó misiles Tipo 25 en la base de Kengun, ubicada al sur de su territorio. Dichos misiles, con un alcance de aproximadamente 1000 kilómetros, suponen una diferencia considerable respecto de los sistemas previamente disponibles, limitados a un radio de acción más acotado, así como permiten alcanzar territorio chino.
Este despliegue se inscribe en un conjunto más amplio de medidas adoptadas recientemente por el gobierno japonés, así como de otras proyectadas a futuro, incluyendo el desarrollo de proyectiles hipersónicos, la adquisición de misiles estadounidenses Tomahawk (con un alcance de 1600 kilómetros) y una duplicación del gasto de defensa, prevista desde la asunción misma de Sanae Takaichi en 2025.
El accionar japonés suscitó preocupación en países de la región, en vistas de que tensiona los principios establecidos en la “Constitución pacifista”. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, dicha Constitución prohibió en su art. 9 el recurso a la guerra y al uso de la fuerza, así como la posesión de fuerzas armadas convencionales, circunscribiendo las capacidades militares del país a la autodefensa.
Con todo, las medidas no han de ser concebidas como un fenómeno aislado, sino en el marco de un proceso más amplio. Ciertamente, en los últimos años, la “cláusula pacifista” ha sido objeto recurrente de reinterpretaciones destinadas a ampliar el alcance de las potestades japonesas en materia de defensa. Dicho proceso se profundizó muy especialmente durante el gobierno de Shinzo Abe (2012-2020), en un contexto signado por la creciente percepción de amenazas externas, y se cristalizó posteriormente en la Estrategia de Defensa de 2022.
Causas y reacciones
Los móviles detrás de estas iniciativas radican en la percepción de un entorno regional concebido como cada vez más complejo, caracterizado por la presencia de conflictos y controversias con vecinos como China, Corea del Norte y Rusia. Al mismo tiempo, dicho escenario se inscribe en una tendencia global de recrudecimiento de la inestabilidad internacional, la proliferación de guerras y una crisis del multilateralismo de larga data.
China y Japón mantienen una relación compleja, signada por la disputa territorial en torno a las islas Senkaku/Diaoyu y por cuestiones históricas vinculadas a los crímenes de guerra cometidos por el segundo durante la Segunda Guerra Mundial, aunque también por la interdependencia económica. El exponencial crecimiento de las capacidades militares chinas y sus frecuentes incursiones en las cercanías marítimas de Japón alimentan una creciente percepción de amenaza en este actor.
El vínculo se ha visto particularmente deteriorado desde diciembre de 2025, luego de que Takaichi afirmara que Japón intervendría militarmente en un escenario que involucrara a Taiwán. Frente al despliegue de misiles Tipo 25, la reacción china consistió en instar a la comunidad internacional a “mantenerse en máxima alerta” frente al “neomilitarismo japonés” y aplicar medidas retaliatorias, tal como hizo también tras las declaraciones de diciembre.
Corea del Norte constituye otro de los factores principales en función de los cuales Japón ha readaptado su política de defensa en los últimos años. Entran en juego, a este respecto, su posesión de armamento nuclear, la retórica discursiva del régimen -que caracteriza a Japón como un enemigo- y al constante lanzamiento de misiles que caen en territorio marítimo japonés o atraviesan su espacio aéreo.
Con relación al reciente despliegue de misiles, Corea del Norte advirtió que Japón podría “cruzar una línea roja” y, de continuar con este accionar, provocar el “hundimiento del archipiélago”.
Finalmente, Rusia -con quien Japón mantiene una disputa de larga data en torno a las Islas Kuriles- expresó su preocupación en torno al “peligroso rumbo que está tomando el país hacia la remilitarización”. Asimismo, señaló que se encuentra evaluando la situación, dejando abierta la posibilidad de desarrollar “las contramedidas necesarias para garantizar un nivel adecuado de la capacidad de defensa de nuestro país”.
En definitiva, el aumento de las capacidades japonesas de defensa pone de manifiesto la convergencia de dilemas de seguridad, dinámicas de equilibrio de poder y percepciones de amenaza en un contexto regional y global convulso. Cabe destacar que Japón detenta una alianza de larga data con Estados Unidos, materializada tanto en una estrecha cooperación estratégico-militar como en la presencia de bases estadounidenses en su territorio.
Por su parte, Corea del Norte se encuentra vinculada a China mediante una alianza militar vigente desde 1961, y a Rusia mediante un esquema de asistencia mutua suscrito en 2024, el cual propició la participación de fuerzas norcoreanas en Ucrania. Frente al apogeo de la disputa hegemónica entre China y Estados Unidos, se ha configurado a nivel internacional la imagen de un “triángulo” o “bloque antioccidental” entre estos tres actores, lo cual implica, desde la perspectiva japonesa, un entorno de seguridad considerablemente adverso.
En momentos históricos de elevada inestabilidad internacional, recrudecimiento de la conflictividad y un retorno a la geopolítica tradicional, el accionar japonés resulta congruente con estas dinámicas y pone de manifiesto la persistencia de la lógica de supervivencia estatal -especialmente mediante el aumento de las capacidades- como principio rector del comportamiento en el sistema internacional.
On March 31, Japan deployed Type 25 missiles at the Kengun base, located in the south of its territory. These missiles, with a range of approximately 1,000 kilometers, represent a considerable difference from previously available systems, which were limited to a narrower operating radius, and they also allow reaching Chinese territory.
This deployment is part of a broader set of measures recently adopted by the Japanese government, as well as others projected for the future, including the development of hypersonic projectiles, the acquisition of US Tomahawk missiles (with a range of 1,600 kilometers), and a doubling of defense spending, planned since the very inauguration of Sanae Takaichi in 2025.
The Japanese actions raised concerns in countries across the region, given that they strain the principles established in the "pacifist Constitution." After the end of World War II, Article 9 of this Constitution prohibited the recourse to war and the use of force, as well as the possession of conventional armed forces, limiting the country's military capabilities to self-defense.
However, the measures should not be conceived as an isolated phenomenon, but rather within the framework of a broader process. Indeed, in recent years, the "pacifist clause" has been a recurring subject of reinterpretations aimed at expanding the scope of Japanese defense powers. This process deepened significantly during the government of Shinzo Abe (2012-2020), in a context marked by a growing perception of external threats, and later crystallized in the 2022 Defense Strategy.
Causes and reactions
The motives behind these initiatives lie in the perception of a regional environment conceived as increasingly complex, characterized by the presence of conflicts and controversies with neighbors such as China, North Korea, and Russia. At the same time, this scenario is part of a global trend of worsening international instability, the proliferation of wars, and a long-standing crisis of multilateralism.
China and Japan maintain a complex relationship, marked by the territorial dispute over the Senkaku/Diaoyu islands and historical issues linked to war crimes committed by the latter during World War II, but also by economic interdependence. The exponential growth of Chinese military capabilities and their frequent incursions into Japan's maritime vicinity fuel a growing perception of threat for this actor.
The relationship has deteriorated particularly since December 2025, after Takaichi stated that Japan would intervene militarily in a scenario involving Taiwan. Faced with the deployment of Type 25 missiles, the Chinese reaction consisted of urging the international community to "remain on high alert" against "Japanese neo-militarism" and to apply retaliatory measures, just as it did following the December statements.
North Korea constitutes another main factor driving Japan to readapt its defense policy in recent years. Coming into play in this regard are its possession of nuclear weapons, the discursive rhetoric of the regime—which characterizes Japan as an enemy—and the constant launching of missiles that fall into Japanese maritime territory or cross its airspace.
Regarding the recent missile deployment, North Korea warned that Japan could "cross a red line" and, if it continued with this action, bring about the "sinking of the archipelago."
Finally, Russia—with whom Japan maintains a long-standing dispute over the Kuril Islands—expressed concern about the "dangerous course the country is taking toward remilitarization." It also indicated that it is evaluating the situation, leaving open the possibility of developing "the necessary countermeasures to ensure an adequate level of defense capability for our country."
Ultimately, the increase in Japanese defense capabilities highlights the convergence of security dilemmas, balance of power dynamics, and threat perceptions in a turbulent regional and global context. It should be noted that Japan holds a long-standing alliance with the United States, materialized both in close strategic-military cooperation and in the presence of US bases on its territory.
For its part, North Korea is linked to China through a military alliance in force since 1961, and to Russia through a mutual assistance scheme signed in 2024, which facilitated the participation of North Korean forces in Ukraine. In the face of the height of the hegemonic dispute between China and the United States, the image of a "triangle" or "anti-Western bloc" between these three actors has taken shape internationally, which implies, from the Japanese perspective, a considerably adverse security environment.
In historical moments of high international instability, worsening conflict, and a return to traditional geopolitics, Japanese actions are consistent with these dynamics and highlight the persistence of the logic of state survival—especially through the increase of capabilities—as a guiding principle of behavior in the international system.