El rol de China en la cooperación internacional al desarrollo.
The role of China in international development cooperation
La cooperación internacional al desarrollo vive un proceso de redefinición marcado por la emergencia de China como potencia donante. Rosario García Roko analiza cómo Beijing ha consolidado un modelo propio de ayuda, articulado en torno a la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Entre megaproyectos de infraestructura, nuevas instituciones financieras y principios como la no injerencia, China propone una arquitectura alternativa de gobernanza global que cuestiona las reglas tradicionales del sistema, generando oportunidades y tensiones en el equilibrio geopolítico.
International development cooperation is undergoing a process of redefinition marked by the emergence of China as a donor power. Rosario García Roko analyzes how Beijing has consolidated its own aid model, articulated around the Belt and Road Initiative. Through infrastructure megaprojects, new financial institutions, and principles such as non-interference, China proposes an alternative architecture of global governance that challenges the traditional rules of the system, creating both opportunities and tensions in the geopolitical balance.
Desde su fundación en 1949, la República Popular China comenzó a integrarse de forma gradual al incipiente Sistema de Cooperación Internacional al Desarrollo, que emergió tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Esta herramienta se configuró no sólo como una estrategia destinada a promover el bienestar humanitario y el crecimiento económico en los países receptores, sino también como un instrumento clave de proyección ideológica y geopolítica de los países donantes. A través de ella, las potencias buscaron consolidar esferas de influencia y disputar modelos de desarrollo en el marco de la polarización global que caracterizó el período de la Guerra Fría.
En este contexto, la participación de China comenzó a mediados de la década de 1950, siendo Corea del Norte uno de los primeros países en recibir asistencia, seguido por Vietnam y otros Estados del sudeste asiático. Estas acciones tuvieron como objetivo brindar apoyo político e impulsar la reconstrucción tras los conflictos armados que habían devastado la región. Esta primera etapa estuvo marcada por una lógica de “solidaridad socialista”, orientada a promover un bloque autónomo frente a las potencias occidentales y a sostener la lucha anticolonial.
Durante las dos décadas siguientes, la asistencia adoptó un perfil más internacional. China buscó consolidar alianzas en el continente africano, aprovechando el contexto de descolonización y el surgimiento de nuevos Estados independientes. A través de proyectos de infraestructura, cooperación técnica y asistencia médica, China se propuso posicionarse como un socio del Sur Global, diferenciándose tanto de las antiguas potencias coloniales como de la influencia de la Unión Soviética.
Sin embargo, durante la década de 1980, la cooperación internacional de Beijing experimentó una notable retracción. Este período coincidió con las reformas económicas impulsadas por Deng Xiaoping, que implican la reorientación de las prioridades nacionales hacia la modernización y la apertura al mercado. En este escenario, se requerían mayores recursos naturales y tecnológicos para sostener el proceso de expansión, lo que llevó a que la cooperación al desarrollo se volviera selectiva y orientada a proyectos que le generan beneficios directos al país. De este modo, China pasó a desempeñar una doble función: por un lado, continuó ofreciendo asistencia a determinados países en desarrollo, aunque en una escala más acotada; y también se convirtió en receptora de ayuda oficial al desarrollo por parte de organismos multilaterales y países occidentales.
El gran salto económico y político de China se produce a partir de la década de 2000. Impulsada por una clara voluntad de consolidarse como una potencia global, la nación relanzó y amplió de forma sostenida su política de cooperación al desarrollo, transformándola en una estrategia más estratégica, estructurada e institucionalizada. Este cambio no solo implicó un aumento significativo en los recursos destinados a la cooperación, sino también la creación de mecanismos y marcos institucionales que permitieron una gestión más eficiente y coordinada de sus iniciativas internacionales.
Este proceso de redefinición cobró otro impulso a partir del XVIII Congreso Nacional del Partido Comunista de China en 2012, marcó un punto de inflexión en la política exterior dando inicio a lo que las autoridades locales denominan una “nueva era”. Desde entonces, según el Ministerio de Comercio chino, “la cooperación internacional para el desarrollo se sustenta en una base filosófica más profunda y en objetivos más definidos, lo que ha conducido a la implementación de acciones concretas”.
Estas acciones hacen referencia a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI). Esta se trata del pilar de la estrategia china de cooperación internacional al desarrollo bajo el liderazgo de Xi Jinping. Lanzada oficialmente en 2013, esta ambiciosa propuesta se estructura en torno a dos ejes, por un lado, la Franja Económica de la Ruta de la Seda, que tiene como objetivo conectar China con Europa a través de Asia Central mediante corredores terrestres; y por otro, la Ruta Marítima de la Seda del Siglo XXI, orientada a reforzar los vínculos comerciales y logísticos entre Asia, África y América Latina a través de rutas marítimas.
Los resultados son palpables: en diez años, ciento cincuenta países y más de treinta organizaciones internacionales han firmado acuerdos para la construcción conjunta de esta iniciativa. Durante el discurso inaugural del Tercer Foro de la Franja y la Ruta para la Cooperación Internacional, celebrado en 2023, Xi afirmó que “la cooperación en el marco de la Franja y la Ruta ha pasado de la etapa de bosquejar el contorno a la de concretar los detalles, y los planes se han transformado en proyectos reales”. Esto refleja el paso de una visión estratégica a una implementación operativa, en la que los compromisos multilaterales comenzaron a materializarse en infraestructuras, inversiones y acuerdos tangibles. El presidente cerró su discurso con una afirmación que sintetiza la lógica interdependiente que sustenta la visión china del orden internacional: “China prosperará sólo cuando al mundo le vaya bien; y el mundo será mejor cuando a China le vaya bien”.
Sin dudas, por medio de esta estrategia Beijing actúa como promotor de un modelo alternativo de gobernanza global, fundado en principios como la soberanía nacional, la no injerencia en los asuntos internos y la construcción de una “comunidad de destino compartido para la humanidad”. Esta iniciativa encarna la visión diplomática promovida por Xi, cuyo eje central es la formulación de “un nuevo tipo de relaciones internacionales basadas en la cooperación ganar-ganar”. Desde esta perspectiva, la cooperación internacional debe no solo respetar la diversidad cultural y las particularidades socioeconómicas de los países en vías de desarrollo, sino también fomentar una gobernanza internacional más equitativa e inclusiva, basada en la coordinación de políticas, el multilateralismo y la convergencia de intereses compartidos.
No obstante, también es importante mencionar que esta expansión global también ha despertado críticas y controversias. Diversos analistas señalan que la BRI ha generado preocupaciones por el aumento del endeudamiento externo, la falta de transparencia, los impactos ambientales de los megaproyectos, la limitada participación de actores locales, entre otros. Esto ha llevado a que su implementación plantee tensiones que ponen en cuestión las condiciones bajo las cuales se lleva adelante esta forma de cooperación. A pesar de ello, esta iniciativa continúa siendo la principal herramienta para la proyección internacional de China, consolidando una red global de países socios que, más allá de los cuestionamientos, reconocen en Beijing un socio fundamental y dispuesto a invertir en proyectos que otras potencias han dejado de priorizar.
En definitiva, la cooperación internacional al desarrollo se ha convertido en una herramienta por medio de la cual China ha logrado exitosamente expandir su influencia y consolidar su presencia en el escenario global. Su posicionamiento no está en discusión. Sin dudas, el gigante asiático se ha establecido como uno de los principales donantes y lo hace a partir de un enfoque propio, con “características chinas”. En este nuevo orden, las potencias emergentes no solo compiten por recursos naturales o espacios en el mercado global, sino que también proponen modelos alternativos de desarrollo y nuevas concepciones de gobernanza internacional. Este fenómeno no sólo redefine las dinámicas de poder, sino que también genera un debate abierto sobre la sostenibilidad, la equidad y la eficacia de los esquemas de cooperación. La irrupción china obliga a repensar las formas clásicas de ayuda al desarrollo y abre un espacio para la diversificación de actores y estrategias, lo que puede significar tanto oportunidades como también desafíos para el equilibrio geopolítico mundial.
Since its founding in 1949, the People's Republic of China began to gradually integrate into the nascent International Development Cooperation System that emerged after the end of World War II. This tool was configured not only as a strategy aimed at promoting humanitarian welfare and economic growth in recipient countries but also as a key instrument for the ideological and geopolitical projection of donor countries. Through it, the powers sought to consolidate spheres of influence and dispute development models within the framework of the global polarization that characterized the Cold War period.
In this context, China's participation began in the mid-1950s, with North Korea being one of the first countries to receive assistance, followed by Vietnam and other Southeast Asian states. These actions aimed to provide political support and promote reconstruction after the armed conflicts that had devastated the region. This first stage was marked by a logic of "socialist solidarity," oriented toward promoting an autonomous bloc against Western powers and sustaining the anti-colonial struggle.
During the following two decades, the assistance adopted a more international profile. China sought to consolidate alliances on the African continent, taking advantage of the context of decolonization and the emergence of new independent states. Through infrastructure projects, technical cooperation, and medical assistance, China set out to position itself as a partner of the Global South, differentiating itself both from the former colonial powers and from the influence of the Soviet Union.
However, during the 1980s, Beijing's international cooperation experienced a notable retraction. This period coincided with the economic reforms promoted by Deng Xiaoping, which involved the reorientation of national priorities toward modernization and market opening. In this scenario, greater natural and technological resources were required to sustain the expansion process, which led development cooperation to become selective and oriented toward projects that generated direct benefits for the country. Thus, China began to perform a dual role: on one hand, it continued to offer assistance to certain developing countries, albeit on a smaller scale; and it also became a recipient of official development assistance from multilateral agencies and Western countries.
China's great economic and political leap occurred from the 2000s onward. Driven by a clear will to consolidate itself as a global power, the nation relaunched and steadily expanded its development cooperation policy, transforming it into a more strategic, structured, and institutionalized strategy. This change not only implied a significant increase in resources allocated to cooperation but also the creation of mechanisms and institutional frameworks that allowed for more efficient and coordinated management of its international initiatives.
This process of redefinition gained further momentum starting from the 18th National Congress of the Communist Party of China in 2012, which marked a turning point in foreign policy, beginning what local authorities call a "new era." Since then, according to the Chinese Ministry of Commerce, "international development cooperation is underpinned by a deeper philosophical foundation and more defined objectives, which has led to the implementation of concrete actions."
These actions refer to the Belt and Road Initiative (BRI). This is the pillar of the Chinese international development cooperation strategy under the leadership of Xi Jinping. Officially launched in 2013, this ambitious proposal is structured around two axes: on one hand, the Silk Road Economic Belt, which aims to connect China with Europe through Central Asia via land corridors; and on the other, the 21st Century Maritime Silk Road, aimed at strengthening commercial and logistical links between Asia, Africa, and Latin America through maritime routes.
The results are palpable: in ten years, 150 countries and more than 30 international organizations have signed agreements for the joint construction of this initiative. During the opening speech of the Third Belt and Road Forum for International Cooperation, held in 2023, Xi stated that "cooperation under the Belt and Road framework has moved from the stage of sketching the outline to concretizing the details, and the plans have been transformed into real projects." This reflects the shift from a strategic vision to operational implementation, in which multilateral commitments began to materialize into infrastructure, investments, and tangible agreements. The president closed his speech with a statement that synthesizes the interdependent logic that underpins the Chinese vision of the international order: "China will prosper only when the world does well; and the world will be better when China does well."
Undoubtedly, through this strategy, Beijing acts as a promoter of an alternative model of global governance, founded on principles such as national sovereignty, non-interference in internal affairs, and the construction of a "community with a shared future for mankind." This initiative embodies the diplomatic vision promoted by Xi, whose central axis is the formulation of "a new type of international relations based on win-win cooperation." From this perspective, international cooperation should not only respect the cultural diversity and socio-economic particularities of developing countries but also foster more equitable and inclusive international governance based on policy coordination, multilateralism, and the convergence of shared interests.
However, it is also important to mention that this global expansion has also sparked criticism and controversy. Various analysts point out that the BRI has generated concerns regarding the increase in external debt, lack of transparency, environmental impacts of megaprojects, and the limited participation of local actors, among others. This has led to its implementation raising tensions that call into question the conditions under which this form of cooperation is carried out. Despite this, this initiative continues to be the main tool for China's international projection, consolidating a global network of partner countries that, beyond the questioning, recognize Beijing as a fundamental partner willing to invest in projects that other powers have stopped prioritizing.
In short, international development cooperation has become a tool through which China has successfully managed to expand its influence and consolidate its presence on the global stage. Its positioning is not in question. Undoubtedly, the Asian giant has established itself as one of the main donors, and it does so based on its own approach, with "Chinese characteristics." In this new order, emerging powers not only compete for natural resources or space in the global market but also propose alternative models of development and new conceptions of international governance. This phenomenon not only redefines power dynamics but also generates an open debate about the sustainability, equity, and effectiveness of cooperation schemes. The Chinese irruption forces a rethinking of classical forms of development aid and opens a space for the diversification of actors and strategies, which can mean both opportunities and challenges for the global geopolitical balance.