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La OEA en crisis: ¿final de ciclo o punto de inflexión?

The OAS in crisis: end or a turning point?

PublicadoPublished 22 jul 2025 · 5 min

La Organización de los Estados Americanos (OEA) atraviesa una crisis de legitimidad que pone en duda su papel como espacio de mediación y concertación regional. Las tensiones estructurales, políticas y de liderazgo han debilitado su capacidad de respuesta, como evidencian las recientes crisis en Bolivia, Perú, Guatemala y Haití. La pérdida de neutralidad y la fragmentación del continente exponen los límites de la organización y abren el debate sobre su futuro. ¿Está la OEA en condiciones de reformarse y recuperar incidencia, o corre el riesgo de quedar al margen del escenario hemisférico?

The Organization of American States (OAS) is going through a legitimacy crisis that casts doubt on its role as a space for regional mediation and consensus-building. Structural, political, and leadership tensions have weakened its response capacity, as evidenced by the recent crises in Bolivia, Peru, Guatemala, and Haiti. The loss of neutrality and the fragmentation of the continent expose the organization's limits and open the debate about its future. Is the OAS in a position to reform itself and regain influence, or does it run the risk of being sidelined from the hemispheric stage?

Desde su fundación en 1948, la Organización de los Estados Americanos (OEA) ha buscado posicionarse como el principal foro multilateral del continente. Su objetivo ha sido promover la democracia, los derechos humanos y la cooperación regional. Sin embargo, en los últimos años, su legitimidad ha sido fuertemente cuestionada por gobiernos, analistas y organizaciones de la sociedad civil.

Estas críticas no son nuevas. Sin embargo, han adquirido mayor profundidad debido al deterioro institucional regional y la limitada capacidad de respuesta de la OEA. El debate sobre su utilidad y futuro se ha intensificado.

Intereses cruzados y pérdida de cohesión

Uno de los principales problemas que enfrenta la OEA es su percepción como un instrumento de la política exterior estadounidense. Aunque formalmente opera como un organismo multilateral, diversos analistas señalan que su fuerte dependencia financiera de Estados Unidos condiciona su margen de autonomía. Esta idea se vio reforzada durante la gestión del ex Secretario General Luis Almagro, iniciada en 2015, cuyas declaraciones y decisiones públicas fueron interpretadas, en varios casos, como alineadas con los intereses de Washington.

Esta creencia se vio fortalecida tras la crisis post-electoral en Bolivia en 2019, cuando la OEA cuestionó rápidamente la transparencia del proceso electoral. Esto precipitó la salida del presidente Evo Morales. El posterior informe técnico del organismo fue duramente criticado por inconsistencias. La intervención fue señalada por algunos sectores como una forma de injerencia política en los asuntos internos del país, lo que alimentó aún más las sospechas sobre la imparcialidad del organismo.

Otro desafío que se presenta a la Organización es la fragmentación ideológica y la pérdida de cohesión interna entre sus Estados miembros. En los últimos años, la región ha experimentado cambios de signo político constantes, lo que ha dificultado la construcción de consensos duraderos. En 2022, la exclusión de Cuba, Nicaragua y Venezuela de la Cumbre de las Américas por no cumplir con la cláusula democrática generó una fuerte reacción regional. Varios países consideraron la decisión como unilateral y arbitraria. Esto no sólo debilitó el evento, sino que volvió a evidenciar la dificultad de la OEA para funcionar como un espacio realmente representativo y plural.

Controversias en la conducción del organismo

El rol del Secretario General también ha sido motivo de controversias. Por ejemplo, el estilo de liderazgo de Luis Almagro fue señalado por abandonar la neutralidad institucional. Sus intervenciones en casos como Nicaragua y Venezuela tensaron las relaciones con varios gobiernos de la Organización. Para algunos, estos casos representaron una defensa firme de la democracia. Para otros, fueron actos de intromisión selectiva e ideologizada. Esto contribuyó a la polarización y debilitó la capacidad de la OEA para actuar como mediador confiable.

El segundo mandato de Almagro finalizó en 2025, tras diez años en el cargo. En su lugar, asumió como Secretario General Albert Ramdin. Su perfil se presenta más moderado y conciliador. Por eso, se espera que su figura contribuya a recomponer la legitimidad institucional y reconstruir el consenso regional. Aun así, hereda una organización con bajo prestigio y una fuerte polarización interna.

Presencia en crisis, impacto limitado

En los últimos años, el organismo participó en varias crisis institucionales. En Perú, tras la destitución de Pedro Castillo en 2022, o el intento de frenar la asunción del presidente Bernardo Arévalo en Guatemala en 2023, la OEA intervino con misiones de observación o llamados al diálogo. No obstante, sus acciones fueron percibidas como tardías o insuficientes, y con escaso impacto real en la resolución de los conflictos.

Lo mismo ocurrió en Haití, donde la escalada de violencia en 2024 generó nuevos llamados al diálogo. La OEA expresó su preocupación y apoyó una misión internacional liderada por la ONU. Sin embargo, su rol fue más simbólico que efectivo.

Frente a este escenario, varios países han optado por canalizar sus demandas a través de otras instancias regionales. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) ha ganado protagonismo como espacio de coordinación sin la presencia de Estados Unidos. Aunque su estructura institucional es más débil, algunos gobiernos la consideran más representativa y menos condicionada políticamente. El crecimiento de estos mecanismos paralelos revela la pérdida de centralidad de la OEA como plataforma de consenso regional.

¿Reformarse o quedar al margen?

Si bien la OEA ha sido objeto de múltiples críticas, su reemplazo por otro organismo no parece una alternativa viable en el corto plazo. A pesar de sus limitaciones, sigue siendo el único foro interamericano con capacidad jurídica, operativa y normativa para intervenir ante crisis políticas en la región. No obstante, su relevancia futura dependerá de su capacidad para reformarse y adaptarse a un escenario hemisférico cada vez más complejo e inestable. En última instancia, lo que está en juego no es solo su continuidad, sino también su legitimidad como actor multilateral.

La llegada de Albert Ramdin abre una ventana de oportunidad. Su desafío será liderar una reforma que no solo sea estructural, sino también simbólica. Para recuperar legitimidad, la OEA necesita actuar con mayor imparcialidad, transparencia y autonomía. Y debe volver a ser un espacio de diálogo real, incluso entre gobiernos enfrentados ideológicamente, reconstruyendo la confianza de sus Estados miembros. Sin ese giro, la organización corre el riesgo de convertirse en un actor cada vez más marginal.

La pregunta que enfrenta hoy el continente no es si debe existir un organismo como la OEA, sino si la OEA puede convertirse en aquello que dice representar. Su futuro dependerá menos de sus declaraciones y más de su capacidad para intervenir con eficacia y credibilidad en los momentos clave. Si no logra adaptarse, otros espacios ocupan su lugar. Pero si asume el desafío, aún puede redefinir su papel y recuperar su peso político en América Latina.

Since its founding in 1948, the Organization of American States (OAS) has sought to position itself as the continent's main multilateral forum. Its goal has been to promote democracy, human rights, and regional cooperation. However, in recent years, its legitimacy has been strongly questioned by governments, analysts, and civil society organizations.

These criticisms are not new. However, they have acquired greater depth due to regional institutional deterioration and the limited response capacity of the OAS. The debate over its utility and future has intensified.

Crossed interests and loss of cohesion

One of the main problems the OAS faces is its perception as an instrument of U.S. foreign policy. Although it formally operates as a multilateral body, various analysts point out that its strong financial dependence on the United States conditions its margin of autonomy. This idea was reinforced during the tenure of former Secretary General Luis Almagro, which began in 2015, whose public statements and decisions were interpreted, in several cases, as being aligned with Washington's interests.

This belief was strengthened after the post-electoral crisis in Bolivia in 2019, when the OAS quickly questioned the transparency of the electoral process. This precipitated the departure of President Evo Morales. The organization's subsequent technical report was harshly criticized for inconsistencies. The intervention was pointed out by some sectors as a form of political interference in the country's internal affairs, which further fueled suspicions about the body's impartiality.

Another challenge facing the Organization is ideological fragmentation and the loss of internal cohesion among its member states. In recent years, the region has experienced constant shifts in political orientation, which has hindered the construction of lasting consensus. In 2022, the exclusion of Cuba, Nicaragua, and Venezuela from the Summit of the Americas for failing to comply with the democratic clause generated a strong regional reaction. Several countries considered the decision unilateral and arbitrary. This not only weakened the event but again highlighted the difficulty of the OAS to function as a truly representative and plural space.

Controversies in the leadership of the organization

The role of the Secretary General has also been a source of controversy. For example, Luis Almagro's leadership style was noted for abandoning institutional neutrality. His interventions in cases such as Nicaragua and Venezuela strained relations with several governments in the Organization. For some, these cases represented a firm defense of democracy. For others, they were acts of selective and ideologized meddling. This contributed to polarization and weakened the OAS's ability to act as a reliable mediator.

Almagro's second term ended in 2025, after ten years in office. He was succeeded by Albert Ramdin as Secretary General. His profile is presented as more moderate and conciliatory. Therefore, it is expected that his figure will contribute to restoring institutional legitimacy and rebuilding regional consensus. Even so, he inherits an organization with low prestige and strong internal polarization.

Presence in crises, limited impact

In recent years, the body participated in several institutional crises. In Peru, after the removal of Pedro Castillo in 2022, or the attempt to stop the inauguration of President Bernardo Arévalo in Guatemala in 2023, the OAS intervened with observation missions or calls for dialogue. However, its actions were perceived as late or insufficient, and with little real impact on the resolution of the conflicts.

The same occurred in Haiti, where the escalation of violence in 2024 generated new calls for dialogue. The OAS expressed its concern and supported an international mission led by the UN. However, its role was more symbolic than effective.

Faced with this scenario, several countries have opted to channel their demands through other regional instances. The Community of Latin American and Caribbean States (CELAC) has gained prominence as a coordination space without the presence of the United States. Although its institutional structure is weaker, some governments consider it more representative and less politically conditioned. The growth of these parallel mechanisms reveals the loss of the OAS's centrality as a platform for regional consensus.

To reform or be sidelined?

Although the OAS has been the subject of multiple criticisms, its replacement by another organization does not seem a viable alternative in the short term. Despite its limitations, it remains the only inter-American forum with the legal, operational, and normative capacity to intervene in political crises in the region. However, its future relevance will depend on its ability to reform and adapt to an increasingly complex and unstable hemispheric scenario. Ultimately, what is at stake is not only its continuity, but also its legitimacy as a multilateral actor.

The arrival of Albert Ramdin opens a window of opportunity. His challenge will be to lead a reform that is not only structural but also symbolic. To regain legitimacy, the OAS needs to act with greater impartiality, transparency, and autonomy. And it must return to being a space for real dialogue, even among governments that are ideologically opposed, rebuilding the trust of its member states. Without that shift, the organization risks becoming an increasingly marginal actor.

The question the continent faces today is not whether an organization like the OAS should exist, but whether the OAS can become what it claims to represent. Its future will depend less on its declarations and more on its ability to intervene effectively and credibly at key moments. If it fails to adapt, other spaces will take its place. But if it takes on the challenge, it can still redefine its role and regain its political weight in Latin America.

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