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Política InternacionalInternational Affairs

La violencia sexual como arma bélica: el caso de la RDC

Sexual violence as a weapon of war: the case of the DRC

PublicadoPublished 23 jun 2025 · 4 min

En la República Democrática del Congo, la violencia sexual se ha convertido en un arma de guerra que destruye comunidades desde adentro, apuntando tanto a la continuidad biológica como al tejido social. Dolores Gugliardi analiza cómo este fenómeno trasciende el género, afectando a mujeres, niñas, hombres y personas LGBTIQ+, y plantea un interrogante incómodo: ¿no estamos ante un genocidio silencioso? Su texto explora la brutalidad sistemática, las secuelas a largo plazo y la limitada eficacia de la justicia internacional para frenar un patrón de agresiones que redefine los campos de batalla.

In the Democratic Republic of the Congo, sexual violence has become a weapon of war that destroys communities from within, targeting both biological continuity and the social fabric. Dolores Guagliardi analyzes how this phenomenon transcends gender, affecting women, girls, men, and LGBTQ+ individuals, and poses an uncomfortable question: are we not witnessing a silent genocide? Her text explores the systematic brutality, the long-term consequences, and the limited effectiveness of international justice in curbing a pattern of aggression that is redefining battlefields.

El mundo atraviesa el pico más alto de conflictos bélicos desde la Segunda Guerra Mundial. Esto, por supuesto, implica niveles de violencia inéditos. En este contexto, el caso de la República Democrática de Congo se destaca de los demás por la crueldad que presentan sus agresiones. En febrero, sólo entre sus fronteras se producían una media de más de 60 violaciones al día. La violencia sexual se ha vuelto intrínseca a este conflicto armado. Se presenta una escalada histórica de este tipo de ataques a manos de fuerzas armadas estatales, rebeldes y civiles, las cuales muchas veces acaban siendo indiferenciables. Como resultado, se ha tornado imposible distinguir perpetradores de distintos bandos. Una vez que los conflictos pasan y estas agresiones ya se han producido, con más o menos que perder pero sin las manos limpias, ninguna de las partes involucradas tiene intenciones de llevar a las cortes internacionales estos delitos.

La violencia sexual se ha convertido en este país un elemento destructor la continuidad biológica, social y cultural de pueblos completos a través del cuerpo de las mujeres que se transforman en auténticos campos de batalla. Existen argumentos para que algunos autores lleguen a emplear el término genocidio. Tal razonamiento encuentra sustento, por ejemplo, en la puesta en práctica de la violación, mutilación genital y tortura, como mecanismos de limpieza étnica dentro de un plan de acción.

Este fenómeno afecta no sólo a personas de género femenino mayores de edad, sino que alcanza a sujetos que se encuentran transitando la infancia, a hombres adultos y otras personas del colectivo LGBTIQ+. Es así como podemos establecer tres tipos de violencia sexual:

  1. Contra las mujeres y niñas, por su género. 18% y 40% de los casos de violencia sexual, respectivamente, en RD Congo.
  2. Contra personas LGTBIQ+ por su identidad, expresiones o prácticas.
  3. Contra varones y niños, con una intención de feminizar y homosexualizar sus cuerpos e identidades. 4% y 24% de los casos en RD Congo.

En este sentido, Rita Segato establece que, tanto en el caso de hombres como de mujeres, existe una intención de sometimiento de la identidad en lo “femenino”. Se trata de una “pedagogía de feminidad como sometimiento”, que esconde detrás la idea de la matriz binaria y patriarcal de que todo aquello asociado a lo femenil es inferior y dominable. Ser doblegado por un otro mediante algún formato de violencia sexual es antónimo de masculinidad. Ser objeto de una agresión se vuelve un componente propio de un ser débil y no de un hombre, sin importar el sexo o género de la persona subyugada. La violencia sexual se desarrolla en el “campo de batalla de los cuerpos”, que se poseen para impactar en las identidades de los seres humanos y la comunidad a la que pertenece el sujeto agredido.

El llamado a poner fin a la impunidad de los culpables es para muchos la solución definitiva al problema de la violencia sexual en la guerra. Esto supone que el enjuiciamiento es un poderoso elemento de disuasión, aunque hay poca evidencia empírica que apoye esta suposición. Pero para que haya juicios, alguien tiene que presentar denuncias. Y muchas violaciones —especialmente las cometidas contra hombres— no se declaran. Esto lleva a que, por ejemplo, el Comité Internacional de la Cruz Roja use lo que llama “carga de la prueba inversa”, donde el personal de asistencia humanitaria opera bajo la presunción de que, a menos que se pruebe lo contrario, la violación es endémica en cualquier contexto dado.

Los efectos negativos a largo plazo de la violencia sexual relacionada con conflictos también son evidentes. Los actos en tiempos de guerra afectan a la violencia de posguerra en la esfera privada, con la familia. La violación sexual en RD Congo, por ejemplo, suele ir acompañada de brutalidad, amenazas y actos extremos de tortura, como introducir un fusil en la vagina de la víctima, penetrar con un puñal, un trozo de madera o hasta clavos oxidados en el cuerpo ultrajado. En muchos casos, los agresores disparan durante la violación o después de ella, a veces dentro de los genitales. Estas violaciones se han producido en público, delante de la familia, a madres e hijas, a las que a veces se ha obligado también a mantener relaciones sexuales con familiares, incluidos hijos y hermanos. En estos casos, la tortura además de dejar daños físicos, deteriora el tejido social.

Todas estas agresiones con sus variantes suceden en caminos, campos y en la propia casa de las víctimas, de camino a escuela o la iglesia. En muchas zonas el temor a salir solas limita las oportunidades que mujeres y niñas tienen de ir a por agua.

Al escuchar la crueldad de las torturas que acompañan la violencia sexual a que son sometidas las víctimas se comprende que hablar de genocidio no es una exageración. La violencia sexual en contextos bélicos merece un lugar en los campos de estudio internacionales, ya que la muerte muchas veces no es el límite para una agresión.

The world is going through the highest peak of armed conflict since World War II. This, of course, implies unprecedented levels of violence. In this context, the case of the Democratic Republic of the Congo stands out from the rest due to the cruelty of its aggressions. In February, within its borders alone, an average of more than 60 rapes occurred per day. Sexual violence has become intrinsic to this armed conflict. There is a historical escalation of these types of attacks at the hands of state armed forces, rebels, and civilians, which often end up being indistinguishable. As a result, it has become impossible to distinguish perpetrators from different sides. Once conflicts pass and these aggressions have already occurred, with more or less to lose but without clean hands, none of the parties involved have any intention of taking these crimes to international courts.

In this country, sexual violence has become an element that destroys the biological, social, and cultural continuity of entire peoples through the bodies of women, who are transformed into authentic battlefields. There are arguments for some authors to use the term genocide. Such reasoning finds support, for example, in the implementation of rape, genital mutilation, and torture as mechanisms of ethnic cleansing within an action plan.

This phenomenon affects not only adult females, but also reaches subjects who are going through childhood, adult men, and other people from the LGBTQ+ collective. This is how we can establish three types of sexual violence:

  1. Against women and girls, because of their gender. 18% and 40% of sexual violence cases, respectively, in the DR Congo.
  2. Against LGBTQ+ individuals because of their identity, expressions, or practices.
  3. Against men and boys, with an intention to feminize and homosexualize their bodies and identities. 4% and 24% of cases in the DR Congo.

In this sense, Rita Segato establishes that, in the case of both men and women, there is an intention to subjugate identity into the "feminine." It is a "pedagogy of femininity as subjugation," which hides behind the idea of the binary and patriarchal matrix that everything associated with the feminine is inferior and dominable. Being bent by another through some form of sexual violence is the antonym of masculinity. Being the object of an aggression becomes a component of a weak being and not a man, regardless of the sex or gender of the subjugated person. Sexual violence takes place on the "battlefield of bodies," which are possessed to impact the identities of human beings and the community to which the aggrieved subject belongs.

The call to end the impunity of the guilty is for many the definitive solution to the problem of sexual violence in war. This assumes that prosecution is a powerful deterrent, although there is little empirical evidence to support this assumption. But for there to be trials, someone has to file complaints. And many rapes —especially those committed against men— are not reported. This leads, for example, to the International Committee of the Red Cross using what it calls "reverse burden of proof," where humanitarian aid personnel operate under the presumption that, unless proven otherwise, rape is endemic in any given context.

The long-term negative effects of conflict-related sexual violence are also evident. Acts in wartime affect postwar violence in the private sphere, with the family. Sexual rape in the DR Congo, for example, is usually accompanied by brutality, threats, and extreme acts of torture, such as inserting a rifle into the victim's vagina, penetrating the outraged body with a dagger, a piece of wood, or even rusty nails. In many cases, the aggressors shoot during or after the rape, sometimes inside the genitals. These rapes have occurred in public, in front of the family, to mothers and daughters, who have sometimes also been forced to have sexual relations with relatives, including sons and brothers. In these cases, the torture, in addition to leaving physical damage, deteriorates the social fabric.

All these aggressions, with their variations, happen on paths, in fields, and in the victims' own homes, on the way to school or church. In many areas, the fear of going out alone limits the opportunities that women and girls have to go get water.

Listening to the cruelty of the tortures that accompany the sexual violence to which the victims are subjected, one understands that talking about genocide is not an exaggeration. Sexual violence in contexts of war deserves a place in international fields of study, since death is often not the limit for an aggression.

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