Mayor paridad política, ¿más beneficios para las mujeres?
More Political Parity, More Benefits for Women?
A casi una década de la sanción de la Ley de Paridad de Género, la composición de ambas cámaras del Congreso argentino es cercana al 50/50 entre hombres y mujeres. Sin embargo, contar cuántas mujeres acceden a estos espacios no alcanza para hablar de equidad real. La relación entre género y representantes no es automática: una mayor presencia femenina en ámbitos políticos de decisión no garantiza agendas más favorables a sus derechos. En Argentina, persisten desafíos para la participación política paritaria en el órgano legislativo y, a su vez, una vez que las mujeres alcanzan espacios de poder político tienen dificultades para llevar adelante sus proyectos.
Nearly a decade after the Gender Parity Law was passed, the composition of both chambers of Argentina's Congress is close to a 50/50 split between men and women. However, counting how many women access these spaces isn't enough to talk about real equity. The relationship between gender and representation isn't automatic: greater female presence in political decision-making spaces doesn't guarantee agendas more favorable to their rights. In Argentina, challenges persist for parity in political participation in the legislative branch, and, in turn, once women reach positions of political power, they face difficulties advancing their initiatives.
La representación política femenina ha sido un tema ampliamente discutido en la Argentina. Múltiples factores influyen en la probabilidad de que las acciones afirmativas traduzcan el acceso de mujeres al Congreso en una defensa efectiva de sus intereses. La relación entre ambas no es automática. En este contexto, diversos estudios especializados en género han concluido en múltiples definiciones de representación que permitieran ordenar el debate, entre ellas la descriptiva y la sustantiva. La primera refiere a la presencia de miembros de un grupo social en un ente legislativo, mientras que la segunda se relaciona con la promoción de los intereses de un grupo en el proceso parlamentario.
La representación descriptiva en nuestro país ha avanzado de forma notoria a partir de la Ley 24.102 de Cupo Femenino (1991) y la Ley 27.412 de Paridad de Género (2017). Actualmente, las mujeres representan un 41% de la Cámara de Diputados y un 46% de la Cámara de Senadores. Más allá de los avances, se puede observar que la paridad real aún no se alcanza. Desde la sanción de ambas leyes, ninguna de las cámaras logró el 50% de representación femenina. A su vez, informes recientes señalan las limitaciones de ambas leyes para alcanzar una conformación 50-50 del órgano legislativo. Algunas de ellas son la falta de una ley de paridad en el encabezamiento de listas a nivel nacional, participación en distritos donde no compiten seriamente, y el diseño del sistema electoral, entre otras.
Si bien no hay que desatender estas barreras, también es importante analizar más allá del número. Aumentar las bancas femeninas es insuficiente si no se consolida su poder político real. La presencia de mujeres en los cargos políticos constituye un elemento necesario, pero no resulta suficiente para alcanzar la representación sustantiva. ¿Qué pasa cuando logran acceder a estos espacios políticos? ¿Tienen dificultades para llevar adelante proyectos que representen intereses de las mujeres? ¿Qué agendas se priorizan en el Congreso?
La relación entre cantidad de legisladoras y la promoción de los intereses de la mujer depende de diversos factores individuales, contextuales, sociales e institucionales. Entre ellos se encuentran las relaciones entre el Poder Ejecutivo y Legislativo. Cuando la agenda parlamentaria está mayormente fijada por el presidente o presidenta y los proyectos sobre políticas de género no son apoyados por él o ella, es difícil que los mismos lleguen al recinto. Esta dificultad se profundiza en contextos donde las problemáticas de género pierden espacio en la agenda pública y se avanza en un proceso de reversión de políticas previamente desarrolladas en la materia.
A su vez, la capacidad de las mujeres para legislar en materia de género se encuentra determinada por su acceso a los cargos de decisión dentro del Congreso. Las presidencias de las comisiones funcionan como el primer filtro de la actividad legislativa. Históricamente, estos cargos estratégicos han estado en manos de hombres. El acceso a estas posiciones de liderazgo resulta crucial para que las mujeres logren impulsar su agenda legislativa. La práctica política parlamentaria otorga más importancia a algunas comisiones que a otras. Las comisiones “duras” son consideradas más influyentes, donde se concentra el poder real. Mientras que las “blandas”, se relacionan con temas de los ámbitos social y privado sobre cuidados y bienestar.
Actualmente, la Cámara de Diputados cuenta con 46 comisiones unicamerales permanentes, de las cuales 13 están presididas por mujeres. El 82% de las comisiones clasificadas como “duras” de la Cámara Baja se encuentran lideradas por hombres. Mientras que casi el 40% de las que se caracterizan como comisiones “blandas” se encuentran presididas por mujeres. Por otro lado, la distribución por género de las presidencias de las comisiones unicamerales permanentes de la Cámara Alta es más paritaria. De un total de 27, 14 están lideradas por hombres y 13 por mujeres.
Otro punto a resaltar es que no todas las representantes que ingresan al Congreso tienen la obligación de llevar adelante agendas de género. Los intereses de las mujeres no son un núcleo homogéneo. Incluso las legisladoras pueden presentar proyectos que no se encuentran alineados a los intereses del colectivo feminista. Un ejemplo de ello es el proyecto de la Ley de Falsas denuncias. En un contexto en donde solo el 21% de las mujeres que atraviesan situaciones de violencia llega a denunciar, la propuesta genera controversia en torno a su capacidad para ampliar los beneficios y derechos femeninos. El problema radica en que esto puede llevar a cuestionar las propias acciones afirmativas que permitieron que estas mujeres accedan a espacios relevantes de decisión, debilitando aún más los avances en materia de representación.
Más allá de los números: el desafío del poder real
A través de la implementación de las leyes de cupo y de paridad, la participación femenina en el órgano legislativo aumentó considerablemente. Sin embargo, hay algo claro: con la paridad formal no alcanza. Estas leyes aún exhiben limitaciones en sus objetivos descriptivos y no son suficientes para lograr una representación sustantiva. Es importante continuar en la búsqueda de la reducción de brechas cuantitativas entre representantes femeninos y masculinos, pero sin dejar de atender a los desafíos que tienen las mujeres para llevar adelante agendas de género una vez que acceden al Congreso. Las discusiones actuales sobre la representación política femenina requieren trascender la dimensión numérica y comenzar a pensar cómo asegurar el acceso a un poder real.
Female political representation has been a widely discussed topic in Argentina. Multiple factors influence the likelihood that affirmative action will translate women's access to Congress into an effective defense of their interests. The relationship between the two is not automatic. In this context, various studies specializing in gender have arrived at multiple definitions of representation to help structure the debate, among them descriptive and substantive representation. The first refers to the presence of members of a social group in a legislative body, while the second relates to the promotion of a group's interests in the parliamentary process.
Descriptive representation in our country has advanced notably since Law 24,102 on Female Quotas (1991) and Law 27,412 on Gender Parity (2017). Women currently represent 41% of the Chamber of Deputies and 46% of the Senate. Beyond these advances, it's clear that true parity has yet to be reached. Since both laws were passed, neither chamber has achieved 50% female representation. In turn, recent reports point to the limitations of both laws in achieving a 50-50 composition of the legislative body. Some of these limitations include the lack of a parity law for list headers at the national level, participation in districts where candidates don't compete seriously, and the design of the electoral system, among others.
While these barriers shouldn't be overlooked, it's also important to look beyond the numbers. Increasing the number of female seats is insufficient if their real political power isn't consolidated. The presence of women in political office is a necessary element, but not a sufficient one, for achieving substantive representation. What happens once they manage to access these political spaces? Do they face difficulties advancing projects that represent women's interests? Which agendas get prioritized in Congress?
The relationship between the number of female legislators and the advancement of women's interests depends on various individual, contextual, social, and institutional factors. Among these is the dynamic between the Executive and Legislative branches. When the parliamentary agenda is largely set by the president and gender-policy bills don't have their support, it's difficult for those bills to reach the floor. This difficulty deepens in contexts where gender issues lose ground on the public agenda and where a process of rolling back previously developed policies in this area moves forward.
In turn, women's capacity to legislate on gender issues is shaped by their access to decision-making positions within Congress. Committee chairs function as the first filter of legislative activity. Historically, these strategic positions have been held by men. Access to these leadership roles is crucial for women to be able to advance their legislative agenda. Parliamentary political practice assigns more importance to some committees than others. "Hard" committees are considered more influential, concentrating real power, while "soft" committees relate to social and private-sphere issues around care and wellbeing.
The Chamber of Deputies currently has 46 permanent single-chamber committees, of which 13 are chaired by women. 82% of the committees classified as "hard" in the Lower House are led by men, while nearly 40% of those characterized as "soft" committees are chaired by women. In the Senate, the gender distribution of permanent committee chairs is more balanced: of a total of 27, 14 are led by men and 13 by women.
Another point worth highlighting is that not every woman who enters Congress is obligated to pursue gender agendas. Women's interests are not a homogeneous bloc. Even female legislators may introduce bills that aren't aligned with feminist movement interests. One example is the False Accusations bill. In a context where only 21% of women who experience situations of violence go on to file a report, the proposal has generated controversy over its capacity to expand women's benefits and rights. The problem is that this can lead to questioning the very affirmative-action measures that allowed these women to access relevant decision-making spaces, further weakening progress on representation.
Beyond the Numbers: The Challenge of Real Power
Through the implementation of quota and parity laws, female participation in the legislative body has increased considerably. However, one thing is clear: formal parity isn't enough. These laws still show limitations in achieving their descriptive goals and aren't sufficient to achieve substantive representation. It's important to keep working to reduce the quantitative gaps between female and male representatives, without losing sight of the challenges women face in advancing gender agendas once they reach Congress. Current discussions about female political representation need to move beyond the numerical dimension and start thinking about how to ensure access to real power.