En un contexto de reconfiguración comercial global, la relación China–ASEAN vive una transición: de un modelo funcionalista centrado en el libre comercio e inversión, hacia una dinámica de mayores tensiones industriales y riesgos de dependencia. El salto al ACFTA 3.0 promete modernizar la relación, pero también podría consolidar ciertas asimetrías. Entre integración y rivalidad contenida, el futuro dependerá de la capacidad de ASEAN para negociar en bloque y equilibrar la influencia de un socio tan cercano como dominante. ¿Podrá mantenerse un equilibrio beneficioso para ambas partes?
In a context of global commercial reconfiguration, the China–ASEAN relationship is experiencing a transition: from a functionalist model centered on free trade and investment, to a dynamic of greater industrial tensions and risks of dependency. The leap to ACFTA 3.0 promises to modernize the relationship, but it could also consolidate certain asymmetries. Between integration and contained rivalry, the future will depend on ASEAN's ability to negotiate as a bloc and balance the influence of a partner as close as it is dominant. Can a mutually beneficial balance be maintained?
En 2024, el comercio entre China y la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) alcanzó los $982 mil millones de dólares, un 7,8% más que en 2023. Así, la ASEAN se consolidó como el primer socio comercial de Pekín, con un intercambio cada vez más libre de aranceles y dominado por productos intermedios que alimentan cadenas de producción compartidas.
En el primer trimestre de 2025, las exportaciones chinas al bloque aumentaron un 16,6%, mientras que las dirigidas a Estados Unidos se desplomaron más del 20%. En este escenario, Pekín concentra cada vez más su intercambio comercial en Asia, tanto por cercanía como para amortiguar la presión comercial de Occidente.
Del modelo funcional a la competencia industrial
Durante dos décadas, la relación entre China y la ASEAN se ha guiado por un enfoque funcionalista: cooperación en comercio e inversión evitando choques políticos o territoriales. El Área de Libre Comercio ASEAN–China (ACFTA), vigente desde 2010, permitió un salto cuantitativo en los flujos comerciales. Ese proceso se reforzó en 2022 con la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), el mayor tratado comercial del mundo, que une a 15 economías de Asia-Pacífico.
Sin embargo, este modelo empieza a mostrar grietas. La entrada masiva de bienes chinos a bajo costo está desplazando la producción local en países de la ASEAN. Este “shock” está obligando a los gobiernos de la región a replantear sus estrategias industriales. El dilema se encuentra entre seguir profundizando la apertura o imponer límites para proteger el empleo y las capacidades productivas locales.
El salto al ACFTA 3.0: modernización o consolidación de la asimetría
En octubre de 2024, ambas partes cerraron la negociación del Acuerdo de Libre Comercio ASEAN–China 3.0. Este incluye materias como cooperación digital, comercio verde e inversiones estratégicas. El gobierno chino considera que el acuerdo modernizado es clave para garantizar su acceso al mercado regional y mitigar el impacto del creciente proteccionismo global.
No obstante, la combinación de acuerdos —incluyendo el ACFTA original y el RCEP— podría reforzar el papel de Pekín como centro manufacturero dominante. El riesgo para ASEAN es que este salto consolide una relación asimétrica: China podría absorber más valor agregado y relegar a sus socios al rol de ensambladores o exportadores de materias primas.
Si los países del bloque no diversifican mercados y fortalecen su base productiva, podrían quedar atrapados en una dependencia estructural difícil de revertir. Esta dinámica ya se refleja en la balanza comercial: varios miembros registran déficits crecientes con China, lo que subraya la urgencia de políticas que impulsen capacidades locales y fomenten la innovación.
Al mismo tiempo, la creciente centralidad de China en las cadenas productivas conlleva riesgos geopolíticos: varios países mantienen disputas territoriales en el Mar de China Meridional, y la interdependencia económica podría amplificar los efectos de estas tensiones si la competencia regional se intensifica.
¿Integración o rivalidad contenida?
La relación China–ASEAN está entrando en una fase de incertidumbre. La interdependencia económica es innegable, pero el equilibrio en los beneficios está en discusión. El libre comercio ha impulsado el crecimiento, pero también ha expuesto vulnerabilidades: pérdida de sectores industriales, dependencia de insumos chinos y riesgo de alineamiento político forzado.
El balance de la relación dependerá de la capacidad de los países de la región para negociar en bloque, exigir una mayor transferencia tecnológica y diversificar sus socios. Para China, mantener la narrativa de cooperación “ganar-ganar” seguirá siendo clave, aunque el peso de su economía tenderá a inclinar la balanza a su favor.
Lo que durante dos décadas funcionó como un modelo exitoso de integración funcional podría transformarse en un escenario de competencia estratégica encubierta. En este contexto, la habilidad política para mediar, coordinar y preservar el equilibrio entre las partes será tan importante como la fuerza económica. El verdadero beneficio de la apertura tecnológica dependerá de que la región acompañe el acuerdo con políticas activas de innovación, capaces de transformar oportunidades en ventajas concretas.
In 2024, trade between China and the Association of Southeast Asian Nations (ASEAN) reached 982 billion dollars, 7.8% more than in 2023. Thus, ASEAN consolidated itself as Beijing's largest trading partner, with an exchange increasingly free of tariffs and dominated by intermediate goods that feed shared production chains.
In the first quarter of 2025, Chinese exports to the bloc increased by 16.6%, while those directed to the United States plummeted by more than 20%. In this scenario, Beijing is increasingly concentrating its commercial exchange in Asia, both due to proximity and to cushion Western commercial pressure.
From the Functional Model to Industrial Competition
For two decades, the relationship between China and ASEAN has been guided by a functionalist approach: cooperation in trade and investment while avoiding political or territorial clashes. The ASEAN–China Free Trade Area (ACFTA), in force since 2010, allowed a quantitative leap in trade flows. That process was reinforced in 2022 with the Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP), the world's largest trade agreement, which unites 15 Asia-Pacific economies.
However, this model is beginning to show cracks. The massive influx of low-cost Chinese goods is displacing local production in ASEAN countries. This "shock" is forcing the region's governments to rethink their industrial strategies. The dilemma lies between continuing to deepen openness or imposing limits to protect employment and local productive capacities.
The Leap to ACFTA 3.0: Modernization or Consolidation of Asymmetry
In October 2024, both parties concluded negotiations for the ASEAN–China Free Trade Agreement 3.0. This includes areas such as digital cooperation, green trade, and strategic investments. The Chinese government considers the modernized agreement key to ensuring its access to the regional market and mitigating the impact of growing global protectionism.
Nevertheless, the combination of agreements—including the original ACFTA and the RCEP—could reinforce Beijing's role as the dominant manufacturing hub. The risk for ASEAN is that this leap consolidates an asymmetric relationship: China could absorb more added value and relegate its partners to the role of assemblers or raw material exporters.
If the bloc's countries do not diversify markets and strengthen their productive base, they could remain trapped in a structural dependency that is difficult to reverse. This dynamic is already reflected in the trade balance: several members register growing deficits with China, which underscores the urgency for policies that boost local capacities and foster innovation.
At the same time, China's growing centrality in production chains carries geopolitical risks: several countries maintain territorial disputes in the South China Sea, and economic interdependence could amplify the effects of these tensions if regional competition intensifies.
Integration or Contained Rivalry?
The China–ASEAN relationship is entering a phase of uncertainty. Economic interdependence is undeniable, but the balance of benefits is up for debate. Free trade has driven growth, but it has also exposed vulnerabilities: loss of industrial sectors, dependence on Chinese inputs, and the risk of forced political alignment.
The balance of the relationship will depend on the ability of the region's countries to negotiate as a bloc, demand greater technology transfer, and diversify their partners. For China, maintaining the "win-win" cooperation narrative will remain key, although the weight of its economy will tend to tip the balance in its favor.
What worked for two decades as a successful model of functional integration could transform into a scenario of covert strategic competition. In this context, the political skill to mediate, coordinate, and preserve the balance between the parties will be as important as economic strength. The true benefit of technological openness will depend on the region accompanying the agreement with active innovation policies, capable of transforming opportunities into concrete advantages.