La cooperación internacional en un mundo geopolíticamente fragmentado
International cooperation in a geopolitically fragmented world
La cooperación internacional atraviesa una etapa de fragmentación geopolítica, donde la rivalidad entre potencias relega la gobernanza multilateral y debilita los organismos globales. En este contexto, Rosario García Roko analiza cómo la competencia estratégica, la crisis del liderazgo estadounidense y el ascenso de China están reconfigurando el sistema internacional. Su artículo propone alternativas posibles desde actores no estatales y enfoques descentralizados, en un mundo que necesita menos retórica y más soluciones compartidas.
International cooperation is going through a stage of geopolitical fragmentation, where rivalry between powers relegates multilateral governance and weakens global organizations. In this context, Rosario García Roko analyzes how strategic competition, the crisis of American leadership, and the rise of China are reconfiguring the international system. Her article proposes possible alternatives from non-state actors and decentralized approaches, in a world that needs less rhetoric and more shared solutions.
A comienzos de este año, el Foro Económico Mundial presentó el informe Barómetro de Cooperación Mundial 2025. Allí se advierte sobre la coyuntura crítica que atraviesa la cooperación internacional. El documento señala un marcado deterioro en los mecanismos de coordinación global, provocado por una combinación de factores interrelacionados. Entre los principales factores que catalizan esta situación se destacan el aumento de las tensiones geopolíticas entre Estados, el agravamiento de las crisis humanitarias y la erosión del orden de paz internacional. ¿Qué dinámicas han conducido a este escenario de fractura en la arquitectura global de cooperación?
En las últimas décadas, la cooperación internacional fue concebida como una gran mesa de diálogo. Este ideal se apoyaba en un orden cooperativo relativamente estable, consolidado tras el fin de la Guerra Fría, que promovió la gobernanza multilateral como vía para gestionar las crisis. Instituciones como la ONU, la OMC, el G20, el G7, entre muchos otros, adquirieron protagonismo, actuando como foros o espacios de coordinación entre Estados, bajo la premisa de que los problemas globales requieren soluciones compartidas. Sin embargo, ese orden ha comenzado a desdibujarse. En la actualidad algunos actores se muestran cada vez menos dispuestos a participar en la mesa de diálogo, otros condicionan su presencia, y no faltan quienes directamente han optado por dejar de asistir.
La invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2022 fue la gota que rebalsó el vaso y marcó con fuerza el pasaje hacia una nueva etapa del sistema internacional. Aunque las tensiones venían en aumento desde hace años, la guerra en Europa reinauguró un nuevo ciclo del uso de la fuerza en las relaciones internacionales. Esto generó una erosión significativa de las normas e instituciones que sostenían la cooperación global.
Desde entonces, la geopolítica ha virado decisivamente de la cooperación hacia la competencia y enfrentamiento, sin escalas intermedias. La lógica colaborativa que había prevalecido —aunque con fricciones— fue sustituida por una dinámica de rivalidad abierta entre potencias, que priorizan el poder y el posicionamiento estratégico por sobre la gobernanza compartida. Inclusive, temas urgentes como el cambio climático, la regulación de la inteligencia artificial o las pandemias —que alguna vez fueron modelos de cooperación— hoy corren el riesgo de convertirse en frentes de batalla. En este contexto, la promesa de “una década de acción” proclamada por Naciones Unidas frente a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) se diluye cada vez más, dando lugar a “una década de incertidumbre y fragilidad”.
En paralelo, el progresivo debilitamiento de la autoridad y la capacidad de acción de los organismos internacionales representa otra manifestación de las consecuencias de esta reconfiguración del orden global. La parálisis del Consejo de Seguridad —y, en términos más amplios, del sistema de Naciones Unidas— frente a conflictos clave como la guerra entre Rusia y Ucrania o la crisis entre Israel y Palestina, expone con nitidez los límites del multilateralismo contemporáneo, especialmente cuando entran en juego los intereses de las grandes potencias.
No obstante, este desgaste institucional no puede atribuirse únicamente al aumento de la polarización. También responde a una progresiva pérdida de compromiso por parte de Estados Unidos, que históricamente ha actuado como garante del sistema de cooperación internacional. El repliegue relativo de Washington, evidente desde los inicios del segundo mandato del republicano Donald Trump —especialmente a través de su retórica aislacionista y los recortes en el financiamiento de organismos multilaterales—, ha contribuido a una creciente inestabilidad.
Este espacio de liderazgo vacante ha sido interpretado por numerosos analistas como una oportunidad estratégica sin precedentes para China, que busca ampliar su influencia en la arquitectura internacional. La presencia creciente de funcionarios chinos en puestos clave dentro de agencias de la ONU refleja la intención de Pekín de proyectarse como un 'defensor' del multilateralismo, aunque desde una perspectiva que cuestiona los valores liberales que tradicionalmente lo han sustentado. Este avance no obedece únicamente a razones económicas o diplomáticas, sino que responde a un cálculo geopolítico más amplio: ofrecer al mundo una visión alternativa de orden global. Este enfoque ha sido especialmente bien recibido en regiones históricamente subordinadas, como África o América Latina. Para muchos países del Sur Global, los modelos de cooperación impulsados por China y los BRICS resultan atractivos por su énfasis en la horizontalidad, el supuesto respeto por los contextos locales y la menor intromisión en asuntos internos.
Ahora bien, el desafío central que plantea este panorama es cómo sostener los principios fundacionales de la cooperación internacional —la solidaridad, la equidad, la corresponsabilidad— en un sistema cada vez más marcado por la fragmentación, la competencia y la desconfianza. Las tensiones geopolíticas erosionan la confianza mutua, debilitan las instituciones multilaterales y dificultan la coordinación global frente a desafíos comunes que no respetan fronteras. Por este motivo, repensar la cooperación internacional hoy implica indagar en si es posible construir vínculos en un mundo cada vez más polarizado y donde se debe brindar respuestas urgentes a problemas comunes.
Esto nos lleva a preguntarnos: ¿puede la cooperación ser un espacio de encuentro en lugar de un campo de disputa? ¿Es posible promover un multilateralismo inclusivo que reconozca la diversidad de actores y visiones sin imponer modelos únicos de desarrollo ni replicar lógicas de dominación?. Una respuesta posible pasa por fortalecer el papel de los actores no estatales y de la cooperación descentralizada. Las redes de ciudades, las organizaciones de la sociedad civil, las universidades y el sector privado pueden jugar un rol clave en la construcción de relaciones más flexibles, innovadoras y menos sujetas a las lógicas geopolíticas tradicionales. Asimismo, avanzar hacia una arquitectura de gobernanza global más democrática y representativa —donde el Sur Global tenga mayor voz y capacidad de incidencia— es fundamental para restaurar la legitimidad del sistema.
En lugar de resignarse al uso instrumental de la cooperación, el desafío es volver a imaginarla como una herramienta para la justicia global y la construcción de un futuro sostenible. En un mundo fragmentado, sostener espacios de encuentro, diálogo y responsabilidad compartida no solo es deseable: es urgente.
At the beginning of this year, the World Economic Forum presented the 2025 World Cooperation Barometer report. It warns about the critical juncture that international cooperation is experiencing. The document points to a marked deterioration in global coordination mechanisms, caused by a combination of interrelated factors. Among the main factors catalyzing this situation are the increase in geopolitical tensions between States, the worsening of humanitarian crises, and the erosion of the international peace order. What dynamics have led to this scenario of fracture in the global cooperation architecture?
In recent decades, international cooperation was conceived as a great table for dialogue. This ideal was supported by a relatively stable cooperative order, consolidated after the end of the Cold War, which promoted multilateral governance as a way to manage crises. Institutions such as the UN, the WTO, the G20, the G7, among many others, gained prominence, acting as forums or spaces for coordination between States, under the premise that global problems require shared solutions. However, that order has begun to blur. Today, some actors show themselves to be increasingly less willing to participate in the dialogue table, others condition their presence, and there is no shortage of those who have opted to stop attending altogether.
Russia's invasion of Ukraine in 2022 was the straw that broke the camel's back and strongly marked the passage to a new stage of the international system. Although tensions had been increasing for years, the war in Europe inaugurated a new cycle of the use of force in international relations. This generated a significant erosion of the norms and institutions that sustained global cooperation.
Since then, geopolitics has turned decisively from cooperation toward competition and confrontation, without intermediate stages. The collaborative logic that had prevailed —albeit with frictions— was replaced by a dynamic of open rivalry between powers, which prioritize power and strategic positioning over shared governance. Even urgent issues such as climate change, artificial intelligence regulation, or pandemics —which were once models of cooperation— today run the risk of becoming battlefronts. In this context, the promise of a "decade of action" proclaimed by the United Nations regarding the Sustainable Development Goals (SDGs) is increasingly diluting, giving way to "a decade of uncertainty and fragility."
In parallel, the progressive weakening of the authority and capacity for action of international organizations represents another manifestation of the consequences of this reconfiguration of the global order. The paralysis of the Security Council —and, in broader terms, of the United Nations system— in the face of key conflicts such as the war between Russia and Ukraine or the crisis between Israel and Palestine, clearly exposes the limits of contemporary multilateralism, especially when the interests of the great powers come into play.
However, this institutional wear and tear cannot be attributed solely to the increase in polarization. It also responds to a progressive loss of commitment on the part of the United States, which has historically acted as a guarantor of the international cooperation system. The relative withdrawal of Washington, evident since the beginning of the second term of the Republican Donald Trump —especially through his isolationist rhetoric and cuts in funding for multilateral organizations— has contributed to growing instability.
This vacant leadership space has been interpreted by numerous analysts as an unprecedented strategic opportunity for China, which seeks to expand its influence in the international architecture. The growing presence of Chinese officials in key positions within UN agencies reflects Beijing's intention to project itself as a 'defender' of multilateralism, although from a perspective that questions the liberal values that have traditionally sustained it. This advance is not due solely to economic or diplomatic reasons, but responds to a broader geopolitical calculation: to offer the world an alternative vision of global order. This approach has been especially well received in historically subordinate regions, such as Africa or Latin America. For many countries in the Global South, the cooperation models promoted by China and the BRICS are attractive due to their emphasis on horizontality, the supposed respect for local contexts, and less interference in internal affairs.
Now, the central challenge posed by this panorama is how to sustain the foundational principles of international cooperation —solidarity, equity, co-responsibility— in a system increasingly marked by fragmentation, competition, and distrust. Geopolitical tensions erode mutual trust, weaken multilateral institutions, and hinder global coordination in the face of common challenges that do not respect borders. For this reason, rethinking international cooperation today implies investigating whether it is possible to build ties in an increasingly polarized world where urgent answers to common problems must be provided.
This leads us to ask: can cooperation be a space for meeting instead of a field of dispute? Is it possible to promote an inclusive multilateralism that recognizes the diversity of actors and visions without imposing unique development models or replicating logics of domination? A possible answer involves strengthening the role of non-state actors and decentralized cooperation. Networks of cities, civil society organizations, universities, and the private sector can play a key role in building more flexible, innovative relationships that are less subject to traditional geopolitical logics. Likewise, advancing toward a more democratic and representative global governance architecture —where the Global South has a greater voice and capacity for influence— is fundamental to restoring the system's legitimacy.
Instead of resigning ourselves to the instrumental use of cooperation, the challenge is to re-imagine it as a tool for global justice and the construction of a sustainable future. In a fragmented world, sustaining spaces for meeting, dialogue, and shared responsibility is not only desirable: it is urgent.